Cada día que pasa percibo que vemos la lectura como una incómoda obligación en vez de un demandante deleite. García Márquez confesó que la ortografía lo atormentó durante su adolescencia y, ya como autor consagrado, cuestionó las rígidas normas de la lengua castellana. En Vivir para contarla, su libro de memorias, el escritor colombiano describió su dificultosa relación con el lenguaje, pero eso nunca le impidió contar sus historias y alcanzar el premio Nobel. Nuestro Gabo, el más importante de la tradición literaria colombiana —por no decir latinoamericana— superó sus obstáculos personales y dejó una indeleble marca en el canon universal.
Hoy en día leemos menos, y si lo hacemos casi siempre es un medio para un fin. Muy pocos leen en su tiempo libre, para disfrutar de un buen libro. Asimismo, la tecnología digital ha acentuado aquello que Bauman llamó la modernidad líquida, pero que prefiero denominar cultura de la inmediatez: una en la que estamos hiperindividualizados, consumimos obsesivamente y los vínculos sociales se deterioran. Vargas Llosa habló de la «civilización del espectáculo» para referirse a la degradación de la cultura, la cual se ha convertido en mero entretenimiento sin crítica ni profundidad.
Durante la duodécima Cumbre de Líderes por la Educación celebrada el pasado septiembre en Bogotá, el exviceministro de educación preescolar, básica y media, Hernando Bayona, afirmó que 2 de cada 3 niños no desarrollan competencias de comprensión lectora hasta los 10 años. Por otro lado, la exministra de educación Cecilia Vélez ve como prioridad garantizar que los jóvenes puedan atravesar con fluidez el sistema educativo y expresa que el reto está en mantenerlos ahí hasta que accedan al trabajo. La triste realidad es que, aunque aumentemos la cobertura, estos niños empiezan en desventaja y así aumenta también el rezago y la deserción escolar. El problema es la calidad educativa.

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Maria Camila SalasEl investigador John Hattie revisó más de 800 estudios que analizan los procesos de aprendizaje y concluyó que los estudiantes que desarrollan la lectura crítica mejoran su rendimiento en todas las áreas del conocimiento, lo que a su vez genera un capital humano más preparado para resolver problemas sociales y fortalecer la economía. Más aún, hay estudios que corroboran la correlación entre la comprensión lectora y el desarrollo económico de los países. Los resultados PISA de la OCDE han mostrado de forma consistente que los países con mejores desempeños en lectura tienden a tener mayores niveles de productividad, innovación y crecimiento económico sostenible.
La lectura crítica también tiene un impacto directo en la calidad de la democracia. Estudios en ciencias políticas y comunicación (por ejemplo, trabajos de Kahne y Middaugh sobre participación cívica juvenil) han mostrado que jóvenes con habilidades de análisis crítico de noticias, discursos políticos y redes sociales participan de forma más informada en procesos ciudadanos, son menos vulnerables a la desinformación y tienen mayor disposición a involucrarse en iniciativas comunitarias. En un contexto de sobreabundancia informativa y noticias falsas, la capacidad de evaluar la credibilidad de las fuentes y detectar falacias argumentativas es esencial para que la comunidad tome decisiones colectivas basadas en evidencias, y no en rumores o propaganda.
Son estos y muchos otros los estudios que sustentan la tesis de que la comprensión lectora tiene grandes implicaciones para el bienestar colectivo. Mejora la salud pública porque se adoptan adecuadamente los tratamientos y recomendaciones médicas; mejora la cohesión social porque los textos narrativos permiten empatizar con otros; reduce prejuicios porque ayuda a cuestionar estereotipos y evitar discursos polarizantes. Como ha quedado plenamente demostrado, el acto de leer —mejor si es sobre papel— equivale al fortalecimiento de todos los niveles de la sociedad. Nuestro sistema educativo debe implementar estrategias que en lugar de pensar la pedagogía como una serie de asignaturas segmentadas (ciencias sociales, matemáticas, inglés, etc.) haga énfasis en competencias transversales que se conviertan en herramientas para que el estudiante sea capaz de apropiarse de su propia educación. Porque el pensamiento crítico no se construye únicamente en las aulas, también se hace desde el hogar y el tiempo libre. Enseñémosles a nuestros niños a disfrutar de los libros, a enamorarse de la lectura, a cultivar su curiosidad. Cada pequeño gesto cuenta: hoy te invito a que cambies una pantalla por un libro.
