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Columna

Dilema del siglo XXI: más tecnología, menos lectura

“Leer también mejora la salud pública, la empatía y la cohesión social. El pensamiento crítico no se forma solo en las aulas, también en el hogar y el tiempo libre”.

Miguel A. Montes Curi

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Cada día es más evidente que la lectura se percibe como una obligación incómoda y no como un placer exigente. Gabriel García Márquez confesó que la ortografía lo atormentó durante su juventud y, aun así, superó sus dificultades para convertirse en uno de los autores más influyentes de la literatura universal. Sus limitaciones nunca le impidieron contar historias ni alcanzar el Nobel.

Hoy leemos menos y, cuando lo hacemos, suele ser solo como medio para un fin. La tecnología digital ha profundizado lo que Bauman llamó modernidad líquida y que bien puede entenderse como una cultura de la inmediatez: consumo acelerado, hiperindividualismo y vínculos sociales frágiles. Vargas Llosa advirtió esta degradación cultural al hablar de la “civilización del espectáculo”, donde el entretenimiento desplaza la reflexión crítica.

En el ámbito educativo, el problema es estructural. Durante la duodécima Cumbre de Líderes por la Educación, se afirmó que dos de cada tres niños no desarrollan comprensión lectora antes de los 10 años. Aunque ha aumentado la cobertura escolar, la baja calidad educativa condena a muchos estudiantes al rezago y la deserción.

El investigador John Hattie revisó más de 800 estudios que analizan los procesos de aprendizaje y concluyó que los estudiantes que desarrollan la lectura crítica mejoran su rendimiento en todas las áreas del conocimiento, lo que a su vez genera un capital humano más preparado para resolver problemas sociales y fortalecer la economía. Más aún, hay estudios que corroboran la correlación entre la comprensión lectora y el desarrollo económico de los países. Los resultados PISA de la OCDE han mostrado de forma consistente que los países con mejores desempeños en lectura tienden a tener mayores niveles de productividad, innovación y crecimiento económico sostenible.

La lectura crítica también tiene impacto directo en la calidad de la democracia. Estudios en ciencias políticas y comunicación (por ejemplo, trabajos de Kahne y Middaugh sobre participación cívica juvenil) han mostrado que jóvenes con habilidades de análisis crítico de noticias, discursos políticos y redes sociales participan de forma más informada en procesos ciudadanos, son menos vulnerables a la desinformación y tienen mayor disposición a involucrarse en iniciativas comunitarias. En un contexto de sobreabundancia informativa y noticias falsas, la capacidad de evaluar la credibilidad de las fuentes y detectar falacias argumentativas es esencial para que la comunidad tome decisiones colectivas basadas en evidencias, y no en rumores o propaganda.

Leer también mejora la salud pública, la empatía y la cohesión social.

Por ello, la educación debe priorizar competencias transversales y no asignaturas aisladas. El pensamiento crítico no se forma solo en las aulas, también en el hogar y el tiempo libre. Enseñemos a nuestros niños a disfrutar los libros. Cambiar una pantalla por un libro sigue siendo un acto profundamente transformador.

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