Las lecturas de hoy* subrayan la relación que, con sentido de eternidad, existe entre la humildad, como apertura a la acción de Dios, y la felicidad que se experimenta en los detalles concretos de la vida, cuando actuamos desde el bien y el amor, y que será plena en el cielo.
Quienes han sido humildes ante Dios y le han permitido actuar en su vida son llamados por Jesús bienaventurados, aunque carezcan de bienes, hayan sufrido dificultades o sean perseguidos por hacer y anunciar el bien. Al experimentar su acción, reciben ánimo y coraje para trabajar por la justicia y la paz, y para ser misericordiosos, porque ponen su esperanza en las promesas de Dios, que comienzan desde esta vida y se consuman en el cielo.
Las bienaventuranzas que nos plantea el Evangelio son una biografía de la manera de ser de Jesús, quien nos anima a imitarlo, a realizar con amor la voluntad del Padre en nuestras vidas: pobre de corazón, sin apegos, entregado al servicio, trabajador por la justicia y la paz, misericordioso, puro de corazón, sometiéndose como un manso cordero ante los hombres pecadores, para donarnos su vida por nuestra salvación.

El nuevo rostro del reclutamiento infantil
Wilson Ruiz OrejuelaMaría es llamada la más bienaventurada de las criaturas y se destacó de manera excelsa en la virtud de la humildad, permitiendo la acción de Dios en su vida.
La soberbia es creer que no necesitamos a Dios para salvarnos; es complacernos en nosotros mismos hasta no dejar espacio a su acción. El soberbio engrandece su ego, se centra en sí mismo y se pierde por falta de apertura a Dios. Pidamos la virtud de la humildad y cultivémosla con prácticas de piedad que inviten a Dios a obrar en nosotros, especialmente acogiendo al Espíritu Santo, para que nos llene de sabiduría divina y de su amor.
Jesús nos llama a ser felices y bienaventurados siempre, aun en medio de las dificultades y problemas. Cuando las atravesemos, animémonos a acercarnos más a Dios, y al experimentar su compañía, consuelo, guía y paz, ofreceremos todo para su gloria y empezaremos a vivir, en parte, la dicha eterna con su amor.
Ser humildes, decía Santa Teresa, es vernos tal cual somos; es estar en la verdad sobre nosotros mismos. No es para opacarnos ni para crear falsas modestias, sino para reconocer lo que somos ante Dios: Él, que puede ver nuestras intenciones, deseos, realidades internas; todo, con virtudes y defectos, necesitamos de su gracia, de su Espíritu Santo, para poder hacer el bien y aprender a amar.
Dios quiere nuestra verdadera felicidad, que obtenemos con nuestra alma en actitud de humildad, en comunión con Él: vivir en su paz, amor, misericordia y justicia. Él es la plenitud. Todo lo demás es añadidura.
*Sofonías 2, 3; 3, 12-13; 1 Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a.
**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.