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Columna

El nuevo rostro del reclutamiento infantil

Las organizaciones criminales entendieron que para llegar a un niño ya no necesitan necesariamente estar frente a su escuela o en su barrio. Pueden entrar directamente a su habitación a través de una pantalla.

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Hay tragedias a las que un país termina acostumbrándose a escuchar y ese es, quizás, uno de nuestros mayores peligros. Durante décadas, Colombia vio cómo la guerra les arrebataba la infancia a miles de niños, niñas y adolescentes. Los sacó de sus hogares, los alejó de sus escuelas y los convirtió en mensajeros, informantes, combatientes y víctimas. El Centro Nacional de Memoria Histórica documentó 16.879 registros de reclutamiento y utilización de menores entre 1960 y 2016. Detrás de esa cifra no hay números: hay 16.879 historias de vidas interrumpidas por una guerra que nunca debió tener a los niños entre sus víctimas.

Pero el problema no pertenece únicamente al pasado. Entre 2024 y el 31 de julio de 2026, la Defensoría del Pueblo conoció 1.173 casos de reclutamiento de niñas, niños y adolescentes por parte de grupos armados ilegales en el país. Y hay que hacer una precisión fundamental, estamos hablando de los casos conocidos y registrados por las instituciones. Detrás de estas cifras existen probablemente muchos otros que nunca fueron denunciados, familias que por miedo guardaron silencio, comunidades que no tuvieron las condiciones para acudir a las autoridades y niños cuyas historias todavía permanecen invisibles.

Cada uno de esos casos representa una familia a la que un día le arrebataron a uno de sus hijos. Madres que siguen esperando una llamada, padres que no tienen certeza de dónde están sus hijos y comunidades enteras que viven con el miedo de denunciar y terminar poniendo en mayor riesgo a sus familias. Las cifras oficiales nos muestran la dimensión conocida de esta tragedia, pero no necesariamente su verdadera magnitud.

Hoy, además de la amenaza directa, la intimidación y la presencia territorial, existe un nuevo campo de batalla: el teléfono celular. Las organizaciones criminales entendieron que para llegar a un niño ya no necesitan necesariamente estar frente a su escuela o en su barrio. Pueden entrar directamente a su habitación a través de una pantalla.

La tendencia reciente es todavía más preocupante. El reclutamiento infantil dejó de ser exclusivamente una práctica territorial y se convirtió también en un fenómeno digital. Los grupos armados están utilizando canciones, videos, emojis, mensajes y contenidos que presentan la vida criminal como algo atractivo. Les venden a los adolescentes una ficción de poder, dinero, reconocimiento y pertenencia.

Lo que para un adulto puede parecer una publicación más en internet, para un adolescente vulnerable puede convertirse en la puerta de entrada a una organización criminal. El problema es que los grupos armados han aprendido a hablar el mismo lenguaje de los jóvenes, mientras el Estado todavía responde muchas veces con mecanismos diseñados para una realidad que ya cambió.

La responsabilidad penal y moral debe recaer sobre quien los recluta, los manipula, los amenaza y los utiliza. Un niño que termina dentro de un grupo armado necesita protección, atención y oportunidades para reconstruir su vida; el comandante, reclutador o integrante de una estructura criminal que lo puso allí debe responder ante la justicia.

Naciones Unidas, por su parte, encontró que el 76 % de los casos verificados en 2024 se concentró en seis departamentos: Cauca, Chocó, Arauca, Huila, Putumayo y Nariño. Son territorios donde la presencia de grupos armados, el narcotráfico, la pobreza, el aislamiento geográfico y la débil presencia institucional crean las condiciones perfectas para que los criminales se apoderen de lo más vulnerable de una sociedad: sus niños.

Pero tampoco podemos pensar que este es únicamente un problema de las zonas rurales. La tecnología eliminó muchas de las fronteras físicas que antes existían. Un adolescente puede estar en una ciudad y ser contactado por una estructura que opera a cientos de kilómetros. Puede recibir una invitación, entablar una conversación y terminar siendo manipulado sin que sus padres sepan lo que está ocurriendo. Por eso la prevención tiene que llegar también a las casas, a los colegios y a los dispositivos que utilizan nuestros hijos todos los días.

La mejor prevención también empieza en casa. Escuchar a nuestros niños, saber qué sienten, con quién hablan y qué consumen en internet puede marcar la diferencia. La cercanía familiar genera confianza y permite detectar a tiempo cambios de comportamiento, miedos o contactos sospechosos. Un niño que sabe que puede hablar con sus padres sin ser juzgado tiene una mayor posibilidad de pedir ayuda antes de caer en las manos de quienes quieren robarle su futuro.

Necesitamos una unidad especializada contra el reclutamiento digital de menores que reúna las capacidades de inteligencia de la Policía, la Fiscalía General de la Nación, las Fuerzas Militares, el Ministerio de Educación Nacional, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y las autoridades territoriales. Hay que identificar patrones de captación, perseguir a quienes administran las redes utilizadas para reclutar, desmontar estas estructuras digitales y actuar antes de que el contacto virtual termine en un reclutamiento físico.

La Fiscalía y las autoridades competentes deben actuar con contundencia, investigar y judicializar a los responsables para que reciban un castigo ejemplar. Quien se atreva a utilizar a nuestros niños para fines criminales debe saber que tendrá que responder con todo el peso de la ley.

No podemos pedirle a un niño que elija la legalidad cuando la ilegalidad es la única que le ofrece dinero, reconocimiento, protección o una posibilidad de futuro. La verdadera prevención comienza con una escuela de calidad, alimentación escolar, deporte, cultura, conectividad, educación superior, oportunidades laborales para las familias y presencia permanente de las instituciones. Un niño que tiene un proyecto de vida tiene mucho más que perder cuando un grupo armado intenta reclutarlo.

La historia nos dejó 16.879 casos documentados entre 1960 y 2016 y 1.173 casos conocidos por la Defensoría del Pueblo entre 2024 y julio de 2026. Son cifras que deberían estremecernos, no acostumbrarnos. Y sabemos que detrás de ellas existen muchos casos que nunca fueron denunciados y familias que aún esperan respuestas.

A los grupos armados hay que perseguirlos. A los reclutadores hay que judicializarlos. A los territorios hay que recuperarlos.

Pero a nuestros niños hay que salvarlos. Porque la verdadera seguridad de Colombia no empieza cuando un niño aprende a disparar un fusil.Empieza cuando ese niño nunca tiene una razón para querer empuñarlo.

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