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Columna

Regalías sin ciencia: el Caribe no puede seguir financiando su propio atraso

“Ciencia es mejorar semillas, suelos y cadenas de frío para que el campesino no venda barato y compre caro...”.

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Hay regiones que fracasan por falta de recursos. El Caribe colombiano corre el riesgo de fracasar por algo más doloroso: por haber tenido recursos y no convertirlos en futuro.

Durante décadas nos hemos acostumbrado a escuchar que el Caribe es potencia: potencia solar, potencia marítima, potencia cultural, potencia agroindustrial, potencia turística, potencia logística. La palabra “potencia” se ha vuelto tan común que ya casi no compromete a nadie. Es una hamaca verbal: cómoda, amplia y peligrosa. Mientras tanto, los niños siguen aprendiendo ciencias en escuelas sin laboratorios; los jóvenes quieren innovar, pero no encuentran ecosistema; las universidades investigan con esfuerzo heroico; las empresas sobreviven más que transformarse; y las regalías, que deberían ser semilla de conocimiento, demasiadas veces terminan convertidas en cemento mal puesto, informes olvidados o contratos sin alma pública.

El problema no es que falte dinero. El problema es que falta una arquitectura seria para convertir el dinero en capacidades. La Contraloría ha advertido hallazgos fiscales multimillonarios en proyectos financiados con regalías en la región Caribe. Esa cifra no debe leerse solo como escándalo administrativo; debe leerse como una pérdida histórica de oportunidades. Cada peso mal ejecutado en regalías es un laboratorio que no nació, una beca doctoral que no llegó, una patente que nunca se intentó, una escuela rural que siguió desconectada, una empresa joven que murió antes de probar su tecnología.

Desde la perspectiva de la ciencia, esta es la tragedia: el Caribe no está pobre solamente porque le falten obras; está pobre porque no ha logrado construir conocimiento organizado, acumulativo y verificable para resolver sus propios problemas.

La ciencia no es un lujo bogotano ni una palabra difícil para discursos ministeriales. Ciencia es saber cuánta agua subterránea queda en La Guajira y cómo usarla sin destruirla. Ciencia es predecir inundaciones en La Mojana antes de que el agua entre a las casas. Ciencia es mejorar semillas, suelos y cadenas de frío para que el campesino no venda barato y compre caro. Ciencia es formar profesores de matemáticas que enseñen a pensar, no solo a pasar exámenes. Ciencia es medir si un proyecto sirve o si solo inauguró una placa.

Por eso el próximo gobierno nacional —sea cual sea su ideología— debe asumir una responsabilidad histórica con el Caribe. No se le pide un favor. Se le exige una visión de Estado. La ciencia, la tecnología, la innovación y la educación no pueden seguir sometidas al calendario electoral, al reparto burocrático ni al entusiasmo de una convocatoria aislada. El Caribe necesita un pacto regional por el conocimiento, con metas verificables, financiación plurianual, control ciudadano, evaluación independiente y participación real de universidades, academias, empresas, comunidades, gobiernos locales y sector educativo.

Otros territorios ya entendieron esta lección. Uruguay no transformó su educación digital repartiendo aparatos al azar: construyó una política sostenida con Ceibal, conectividad, formación docente y plataformas educativas. Ceará y Sobral, en Brasil, demostraron que incluso regiones con dificultades sociales pueden mejorar aprendizajes cuando hay continuidad, evaluación y obsesión por lo básico. El País Vasco apostó por especialización inteligente: no dispersó esfuerzos en mil ocurrencias, sino que concentró capacidades públicas, empresariales y científicas en áreas estratégicas. Medellín, con todas sus tensiones y contradicciones, mostró que la articulación universidad–empresa–Estado puede mover una ciudad hacia una economía más intensiva en conocimiento.

El Caribe no tiene que copiar esos modelos como quien importa una moda. Debe aprender lo esencial: la innovación no se improvisa; se gobierna.

¿Qué hacer entonces?

Primero, crear una Misión Caribe de Ciencia, Educación e Innovación, con rango nacional y liderazgo regional, no como comisión decorativa sino como instancia técnica con presupuesto, indicadores y rendición pública de cuentas. Su tarea sería priorizar problemas concretos: agua, transición energética, erosión costera, salud pública, agroindustria, educación matemática y científica, logística portuaria, biodiversidad y cultura digital.

Segundo, blindar las regalías de ciencia, tecnología e innovación con reglas más exigentes. Todo proyecto financiado con estos recursos debería demostrar tres cosas: pertinencia territorial, capacidad científica real y sostenibilidad después de la foto inaugural. No más proyectos que nacen muertos cuando se acaba el contrato. No más consultorías que diagnostican lo diagnosticado. No más innovación de carpeta.

Tercero, crear un sistema regional de evaluación independiente, con participación de academias, universidades acreditadas, centros de investigación, veedurías ciudadanas y organismos de control. La evaluación no puede ser enemiga del desarrollo; al contrario, es su columna vertebral. En ciencia, lo que no se mide se vuelve cuento. Y el Caribe ya ha escuchado demasiados cuentos.

Cuarto, conectar la política de CTeI con la educación básica. No habrá región innovadora con niños que no comprenden lo que leen ni resuelven problemas matemáticos elementales. El laboratorio más importante del Caribe no está en una zona franca ni en un edificio de vidrio: está en el aula de primaria. Allí empieza o termina la competitividad regional.

Quinto, convocar a las fuerzas sociales y políticas del Caribe a una tregua inteligente. Gobernadores, alcaldes, congresistas, empresarios, rectores, maestros, comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas y jóvenes deben sentarse a construir una agenda común. No para borrar diferencias, sino para impedir que las diferencias sigan destruyendo la continuidad. La ciencia exige debate; el desarrollo exige acuerdos.

La ACCEFYN, por su naturaleza, tiene una responsabilidad particular: ayudar a que el país entienda que el conocimiento no es adorno, sino infraestructura. Así como una carretera mal hecha se rompe con el primer invierno, una política pública sin ciencia se rompe con el primer cambio de gobierno. La región Caribe necesita carreteras, sí; necesita acueductos, hospitales y colegios, por supuesto. Pero también necesita datos confiables, investigadores formados, maestros fortalecidos, laboratorios vivos, empresas innovadoras y ciudadanos capaces de exigir evidencia.

El nuevo gobierno nacional tendrá ante sí una decisión de época: tratar al Caribe como botín electoral o reconocerlo como frontera estratégica del desarrollo colombiano. Si escoge lo primero, tendremos más discursos, más promesas y más indignación administrada. Si escoge lo segundo, deberá gobernar con la región, no sobre la región; con ciencia, no con ocurrencias; con instituciones, no con favores.

El Caribe ha puesto música, puertos, alimentos, escritores, carbón, gas, cultura, mares y votos. Ya es hora de que Colombia le devuelva algo más que aplausos. Le debe una política seria de conocimiento.

Porque una región no se condena cuando es pobre. Se condena cuando acepta que la plata pública se evapore sin dejar capacidades. Y si las regalías no producen ciencia, educación e innovación, entonces no son regalías: son apenas el recibo elegante de otra oportunidad perdida.

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