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Columna

Ucrania en el quinto año de guerra

Un tablero distinto, una pregunta que no cambia: paz solo con garantías de seguridad.

Hans Blumenthal

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Tres factores pueden cambiar la situación en Ucrania: la caída de Viktor Orbán, aliado húngaro de Putin y bloqueador durante años de las ayudas europeas a Kiev, el alza mundial de los precios de la energía y los fertilizantes impulsada por la guerra entre Estados Unidos e Irán, y las innovaciones de la flota de drones ucraniana, que hoy puede alcanzar objetivos en todo el territorio ruso relevante. Una pregunta permanece abierta: ¿actuó Rusia como actor de seguridad reactivo frente a una amenaza real, o como potencia neo-imperial que rechaza de raíz la condición estatal de Ucrania? De la respuesta depende qué tipo de paz puede sostenerse en el tiempo.

Choque energético y contraestrategia: qué queda de la ganancia petrolera rusa

El cierre del estrecho de Ormuz, el angosto paso marítimo entre Irán y la península arábiga por el que transita diariamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo, sacudió el suministro global de materias primas en pocas semanas con una intensidad que cuatro años de guerra en Ucrania no habían logrado. El precio del petróleo subió a casi 120 dólares por barril, los precios de los fertilizantes se dispararon y agravaron la presión sobre la seguridad alimentaria del Sur Global. Para Rusia el escenario resultaba favorable: el presupuesto estatal, cuyos ingresos por petróleo y gas habían caído del 45 por ciento en 2021 al 20 por ciento en 2025, se recuperó. China e India volvieron como compradores al precio completo. Sin embargo, la imagen de una ganancia energética rusa neta resulta demasiado simple. El analista de defensa danés Anders Puck Nielsen, del Real Colegio de Defensa de Dinamarca, señaló que el Banco Central ruso no veía los altos precios del petróleo como un alivio sino como un riesgo inflacionario: Rusia importa mucho a través de terceros países, y el alza global de precios golpea directamente esas importaciones. Pero lo más decisivo es que Ucrania contraatacó. En marzo de 2026, Kiev lanzó más de 7.000 drones contra los tres grandes puertos de exportación de petróleo rusos e inutilizó alrededor del 40 por ciento de la capacidad exportadora rusa. La situación en torno al estrecho de Ormuz sigue siendo volátil: el 17 de abril fue declarado brevemente abierto, el 18 volvió a cerrarse. Incluso ante una apertura duradera, los daños estructurales, terminales destruidas, minas marítimas y capacidad qatarí de gas licuado dañada, retardarían una normalización completa durante meses o años. Rusia se beneficia estructuralmente de precios energéticos elevados, pero eso no resuelve sus problemas de fondo: inflación, escasez de mano de obra, aislamiento tecnológico y una economía de guerra que tras cuatro años alcanza sus límites.

La revolución de los drones: cómo Ucrania ha ganado terreno militar — y dónde están los límites

En marzo de 2026, el Kyiv Post informó que el número de drones ucranianos de largo alcance en espacio aéreo ruso fue algunas noches igual o superior al de drones rusos sobre Ucrania, dato no verificado de forma independiente y que solo abarca drones de largo alcance, pues el despliegue ruso de drones FPV, drones kamikaze de corto alcance, sigue superando ampliamente las cifras ucranianas. Aun así, el Instituto para el Estudio de la Guerra confirmó el desplazamiento general de la ventaja militar: solo en marzo los drones ucranianos mataron o hirieron a casi 34.000 soldados rusos, y por primera vez una posición rusa fue tomada exclusivamente mediante drones y vehículos terrestres no tripulados, sin infantería. Detrás de estos resultados hay una capacidad productiva sin parangón. Ucrania incrementó su producción mensual de drones FPV, el sistema de armas más decisivo de esta guerra, de 20.000 unidades a comienzos de 2024 a 200.000 a finales de 2025, con una producción anual real de entre 4 y 5 millones. El cuello de botella es financiero: la capacidad instalada solo se aprovecha al 55 por ciento. Todos los países de la Unión Europea juntos producen menos de 350.000 drones militares al año, un retraso de cinco a diez años según los expertos. Rusia produce alrededor de 2 millones al año y va recortando la ventaja inicial ucraniana. Es significativo que Estados Unidos, que no produce drones en masa al estilo ucraniano, esté negociando con Kiev un programa de cooperación multimillonario: Ucrania es hasta la fecha el único país que ha resuelto a escala industrial la defensa masiva contra drones, con una tasa de interceptación de entre el 85 y el 90 por ciento de los Shahed rusos, drones kamikaze iraníes fabricados en una planta propia en Tataristán. El general Ben Hodges, excomandante de las fuerzas terrestres estadounidenses en Europa, subraya que los drones de largo alcance hacen por primera vez vulnerable la retaguardia rusa. El analista danés Anders Puck Nielsen invierte el relato occidental: no es la debilidad rusa lo que explica el estancamiento en el frente, sino la fortaleza ucraniana. Ucrania tiene el segundo ejército más grande de Europa, curtido en combate. Sobre el peso estratégico de estos avances, los analistas discrepan. El Instituto para el Estudio de la Guerra y centros de análisis como Chatham House ven una posición negociadora ucraniana sustancialmente mejorada. Otros son más escépticos: Gustav Gressel, de la Academia de Defensa Nacional de Viena, advierte que los avances tecnológicos solo tienen efecto estratégico si al mismo tiempo se producen en serie los materiales de defensa críticos, algo que Europa no ha hecho al ritmo necesario; y el general Harald Kujat, ex inspector general de la Bundeswehr y expresidente del Comité Militar de la OTAN, mantiene que los éxitos con drones no tendrían efecto decisivo mientras la situación en el frente siguiera siendo fundamentalmente desfavorable. El problema de fondo persiste: con 142 millones de habitantes, Rusia tiene un potencial de reclutamiento que Ucrania, con unos 30 millones estimados hoy, no puede compensar. Rusia ha reclutado hasta ahora en regiones periféricas donde los altos sueldos resultaban atractivos, pero esa reserva se está agotando. Si Moscú tuviera que reclutar en centros urbanos, podría hacer virar el estado de ánimo en los estratos de la población que hasta ahora han observado la guerra desde lejos, con consecuencias políticas impredecibles para Putin.

¿Cálculo de seguridad o lógica imperial? Por qué las causas de la guerra condicionan las condiciones de paz

Antes de emitir un juicio serio sobre las condiciones de paz, es preciso responder una pregunta nunca resuelta: ¿por qué libra Rusia esta guerra? La respuesta determina qué tipo de paz es concebible. Compiten dos marcos explicativos. John Mearsheimer ve a Rusia como actor de seguridad reactivo: la promesa de la OTAN en Bucarest en 2008, impulsada por Estados Unidos, de admitir a Ucrania y Georgia, seguida de años de integración progresiva sin membresía formal y el ultiimátum ruso ignorado en 2021, podían verse como una violación de los intereses de seguridad rusos, y encajan en la historia de una escalada que habría podido evitarse. El exsecretario de Defensa Robert Gates escribió en retrospectiva que el intento de incorporar Ucrania y Georgia a la OTAN fue un error. Anne Applebaum, Timothy Snyder y muchos otros ven en cambio el patrón de una potencia neo-imperial revisionista. El ensayo de Putin de julio de 2021, siete meses antes de la invasión, niega la existencia de una nación ucraniana independiente sin una sola palabra sobre la OTAN. La anexión de cuatro regiones sin control militar completo, la deportación de niños ucranianos, la destrucción sistemática de la cultura: actos inconsistentes con una lógica defensiva, pero coherentes con una lógica imperial. Ambas explicaciones pueden ser reales, pero operan en niveles causales distintos. El argumento de seguridad es convincente a nivel estructural: la promesa de Bucarest creó condiciones objetivas de escalada. En el nivel de la decisión y la ideología se queda corto: un actor meramente defensivo habría buscado otras vías menos costosas, como la neutralización ucraniana según el modelo austriaco o finlandés, o la presión diplomática. Un acuerdo que únicamente aborde los intereses de seguridad de Rusia ignorando la dimensión imperial será inestable y puede sembrar las condiciones para la próxima guerra.

La trampa negociadora: intereses rusos de seguridad versus ambiciones neoimperiales, y una Europa que actúa

Hay que atender los legítimos intereses de seguridad de Rusia sin honrar sus ambiciones imperiales, y garantizar a Ucrania una seguridad real sin confirmar el temor más profundo de Moscú: una democracia occidental próspera como vecino inmediato. Los Estados Unidos bajo Trump son el actor menos fiable y al mismo tiempo el más indispensable. Trump entiende la guerra como una perturbación que hay que terminar, y su impulso hacia un cierre rápido actúa en la práctica como aliado de Moscú en la mesa de negociaciones. Los Acuerdos de Minsk son el caso paradigmático: proceso de paz en apariencia, tregua en la práctica, y finalmente el gran ataque de 2022. El cambio de poder en Budapest altera la capacidad de acción europea. Viktor Orbán, primer ministro húngaro desde 2010, había bloqueado durante años las ayudas de la UE a Ucrania y retrasado las sanciones contra Rusia, amparado en el derecho de veto que el principio de unanimidad otorga a cada Estado miembro. Tras su derrota electoral el 12 de abril de 2026, su sucesor Péter Magyar señaló que levantaría el bloqueo, señal de que las democracias poseen la capacidad de autocurarse y de que la ola populista de derecha que ha sacudido Europa no es irreversible. El Parlamento Europeo había aprobado el crédito de 90.000 millones de euros en febrero de 2026; el último obstáculo, el veto húngaro condicionado a la reapertura del oleoducto Druzhba, cayó el 22 de abril cuando el Consejo de la UE desbloquó formalmente el préstamo. El primer desembolso a Kiev se espera antes de finales de junio. Chatham House constató en febrero de 2026 que Europa ha reemplazado a Estados Unidos como principal apoyo de Ucrania: la ayuda militar de la UE aumentó un 67 por ciento en 2025. Con todo, el respaldo europeo tiene límites estructurales que no dependen de la voluntad política. En ámbitos críticos Europa no puede reemplazar a Estados Unidos: la defensa antimisiles de largo alcance, el mando y control integrado, y sobre todo la inteligencia espacial. La red Starlink de SpaceX, con 7.000 satélites frente a los 650 de su equivalente europeo Eutelsat, es insustituible para las operaciones de drones ucranianos; y los satélites militares estadounidenses son los que permiten a Kiev rastrear movimientos rusos en tiempo real y ejecutar ataques de precisión en profundidad. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, Europa no alcanzará autonomía real en capacidades espaciales militares antes de finales de los años 2030. El apoyo europeo puede prolongar la capacidad defensiva de Ucrania, pero difícilmente llevarla a victorias decisivas contra Rusia, y mucho menos a una victoria final.

Garantías reales: lo que hay sobre la mesa y lo que falta

El Memorando de Budapest de 1994, garantías de soberanía de Estados Unidos, Reino Unido y Rusia a cambio de la renuncia de Ucrania al arsenal nuclear soviético, es la lección de lo que valen las garantías sin mecanismo de ejecución. Lo que debería sustituirlo tiene tres capas. Primera, supervisión: la Coalición de los Dispuestos, 35 países con más de 200 planificadores militares, ha diseñado un mecanismo de vigilancia del alto el fuego con drones, sensores, satélites y una comisión especial para verificar violaciones. Segunda, presencia física: el Reino Unido y Francia acordaron en enero de 2026 estacionar tropas en territorio ucraniano tras un acuerdo de paz; un nuevo ataque ruso sería desde el primer momento un ataque a soldados europeos. Tercera, vinculación institucional: el crédito de la UE de 90.000 millones de euros y una posible adhesión acelerada como señal política. Nielsen aboga por replantear el debate: no cómo garantiza Europa la seguridad de Ucrania, sino cómo construye con ella una alianza de defensa mutua. Ucrania no sería un consumidor de seguridad sino un socio estratégico, con unos 900.000 soldados frente a 1,3 millones rusos, el segundo ejército más grande de Europa, una doctrina de drones sin parangón occidental y una posición geográfica que complica fundamentalmente cualquier ataque ruso a los países bálticos, sin adhesión a la OTAN pero con un tratado equivalente bajo otro nombre. Persisten tres vacíos: no hay tropas estadounidenses en suelo ucraniano, Rusia se niega a un alto el fuego, y China está ausente de la mesa, aunque Pekín es el único actor con palanca económica real frente a Moscú.

Un tablero distinto, una pregunta que no cambia: paz solo con garantías de seguridad

El panorama estratégico ha cambiado. La revolución de los drones hace vulnerable la retaguardia rusa. La caída de Orbán desbloquea el interior de la UE. Europa ha asumido el papel de principal apoyo de Ucrania. Nielsen lo resume: el auge de la economía de guerra rusa ha terminado y la apuesta de Putin de que Occidente perdería el interés ha fracasado a medias; si de ello extrae una mayor disposición a negociar, lo considera posible pero no probable. Las negociaciones de los últimos meses dan poco margen para el optimismo. Moscú ha hecho concesiones tácticas: en la cumbre de Alaska de agosto de 2025 Putin aceptó en principio garantías de seguridad occidentales para Ucrania, y la exigencia de limitar el ejército ucraniano a 85.000 efectivos fue abandonada silenciosamente. Pero los puntos irrenunciables no han cambiado: cesión de toda la región de Donetsk, ningún militar occidental en suelo ucraniano, control político sobre Ucrania. Esa exigencia incluye el 20 por ciento del Donetsk que Ucrania aún controla y que constituye su línea defensiva más fortificada: según analistas militares, a Rusia le tomaría al menos dos años de combates conquistarla. Kiev no está dispuesto a entregarla, pues abandonar esas posiciones significaría dejar al ejército ucraniano en terreno abierto e indefendible. Los analistas coinciden en que Rusia no usa las negociaciones para alcanzar la paz sino para ganar tiempo, lograr alivios en las sanciones y dividir a Occidente. El riesgo no está en una mala paz sino en un armisticio apresurado que detenga la matanza pero postergue la arquitectura de seguridad y deje a Ucrania expuesta a un nuevo ataque en cinco o diez años. El paralelismo con Corea, conflicto congelado desde 1953, es engañoso: allí la disuasión funciona porque 28.000 soldados estadounidenses la hacen creíble, garantía que no existe para Ucrania. La arquitectura de seguridad debe negociarse antes del alto el fuego, no después. Quien postergue las garantías repite el error de Budapest 1994 y Minsk 2015. En el fondo, todo armisticio que no resuelva estas tres preguntas será una guerra aplazada: si Europa cumplirá sus compromisos sin respaldo estadounidense, si China ejercerá su palanca, si Rusia aceptará una paz con una Ucrania territorialmente reducida pero soberana en el resto de su territorio y con garantías reales de que así seguirá siendo.

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