Cuando escuchamos a alguien decir que estudia Derecho, automáticamente lo asociamos con leyes y lo jurídico; si dice Medicina, con enfermedades y salud; si dice Contaduría, con llevar cuentas; si dice Ingeniería Electrónica, con circuitos y dispositivos. Pero si dice Comunicación Social, ¿con qué lo asociamos?… Quizás con una presentadora de televisión o, un poco más allá, con el periodismo.
Este no es un malentendido menor, dice mucho del lugar confuso que sigue ocupando esta profesión en el imaginario colectivo y revela, ante todo, un problema de origen, el nombre mismo de la carrera. Comunicación Social suena amplio, difuso y casi abstracto. Resulta incluso paradójico nombrar como profesión algo tan consustancial al ser humano como respirar, comer o dormir; por eso, en un mundo donde todo comunica, el término suele dejar al interlocutor flotando en un mar de vaguedad.
Esta ambigüedad hace que la profesión sea infravalorada frente a otras y que, incluso, se desincentive su estudio o se le vea como una opción facilista para obtener un título. Es el error común de quienes, al no tener claro su proyecto de vida, la eligen bajo la superficial apariencia de que “no tiene nada que ver con matemáticas”, ignorando la verdadera complejidad que encierra el campo. Por eso, cuando intentamos aterrizar el término, recurrimos a lo primero que lo vuelve tangible, los medios de comunicación, pero esto no es más que un fragmento dentro de la complejidad y la riqueza del campo. ¿Qué implica entonces la Comunicación Social?

Sobre la extrema coherencia y la guerra sucia
Rafael Nieto LoaizaImplica acercarse a distintos ámbitos. El periodismo, que informa, verifica y narra la realidad para el debate público. La comunicación organizacional, que articula los flujos de información dentro de empresas e instituciones. La producción multimedia, que diseña y construye mensajes en formatos visuales, audiovisuales, digitales y transmedia. La comunicación para el cambio social, que moviliza comunidades, transforma conductas y construye ciudadanía. También abarca las relaciones públicas, orientadas a la gestión de la imagen y la reputación, y el marketing, que conecta productos, marcas e ideas con sus audiencias. Y está, por supuesto, la investigación en comunicación, dedicada a estudiar los medios, las audiencias, los discursos, las tecnologías y las prácticas comunicativas que atraviesan la sociedad.
Más allá de las etiquetas difusas, la Comunicación Social debe entenderse como la gestión ética y estratégica del poder de la palabra y una pieza indispensable en la maquinaria del desarrollo. Minimizarla es un error de visión, si bien todos nos comunicamos por instinto, sólo el profesional tiene la capacidad de convertir ese flujo natural en una herramienta de transformación. Es hora de verla como lo que es: la ingeniería de los vínculos humanos.
*Profesora de la Escuela de Transformación Digital, en el programa de Comunicación Social, de la Universidad Tecnológica de Bolívar.