Todos esperábamos —incluso desde la acera de enfrente— que la candidatura del insoportable Pacto Histórico recayera en María José Pizarro. Una mujer que suma mucho, resta poco y encanta por igual a detractores y amigos. Elegante, de noble cuna y culta in extremis, Pizarro representaba la única posibilidad de una derrota aplastante para la oposición. Su pecado, dicen, es ser hija de un guerrillero que renegó de sus privilegios por una paz esquiva; su virtud es haber conservado las formas que el resto de su colectividad desprecia.
Sin embargo, el desconcierto superó a la esperanza. He tenido el gusto de tratar con mentes brillantes que militan en esa colcha de retazos que pretenden hacer pasar por partido íntegro; Pizarro es una de ellas. Conocerla otorga la autoridad para decir que, a su lado, cualquiera se siente escuchado e intelectualmente retado. Parecía la apuesta lógica para la continuidad del régimen, pero en la “República Social Bananera” la lógica es un recurso escaso.
Saber que se bajó del bus en la consulta de octubre nos dejó atónitos. Nadie consideró que un sujeto tan nefasto como Iván Cepeda tuviera la osadía de ser candidato, y vea usted que la vida da sorpresas. No solo ocurrió, sino que lidera encuestas en un país que, lamentablemente, vota por logos y no por personajes. Sus méritos son tan escasos como sus propuestas: haber perseguido judicialmente a Álvaro Uribe y mencionarlo casi un centenar de veces en su programa de gobierno.
Pensé entonces que el consuelo de Pizarro sería el Capitolio. Imaginé una aplanadora social liderada por ella, capaz de aprobarle hasta los delirios más febriles al gobierno progresista. Creí ingenuamente que el machismo que dicen combatir no se impondría de manera tan impune. Pero la sorpresa fue mayor: le entregaron la cabeza de lista a la “Doctora Muerte”, Carolina Corcho. Después de dejar la salud “encorchada”, la premian con el primer lugar de una lista cerrada, corrupta, ancestral y mágicamente macondiana.
En un último acto de fe, supuse que sería la fórmula vicepresidencial. Pizarro, como una Medusa política, es capaz de confundir hasta al más recalcitrante uribista. Pero Cepeda —quien me cuentan que toma decisiones en una soledad absoluta— prefirió una fórmula indígena, digna y combativa, pero que no aporta un solo voto fuera del nicho ya conquistado. Se les agradece la sinceridad ideológica, pero se les aplaude aún más su absoluta nutilidad estratégica.
Basta ver el rostro de María José para entender que se quedó sin el pan y sin el queso. La coherencia les saldrá cara, pero es que el “Petrocepedismo” sufre de ínfulas de superioridad moral. Señores: el relato no mata el dato. Al Pacto le falta saber jugar sus cartas magistrales. No creo que Pizarro merezca una alcaldía, como lo intentó su padre en 1990; ella merece más. Al fin y al cabo, sus ancestros militaban en el mismo bando que yo: el conservatismo.
Allá la esperamos, doctora. En nuestras filas no le haremos el feo ni la condenaremos a ser segundona.
