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Columna

No hemos cambiado

“La corrupción, por ejemplo, no es una invención contemporánea, pero sus características actuales son más sofisticadas...”.

Gonzalo J. García

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Conviene tratar con cuidado una percepción extendida de que antes las personas eran más honestas, más contenidas, más fieles a ciertos principios básicos. No es asunto sencillo. Aparece en conversaciones cotidianas, en juicios espontáneos, en comparaciones que no requieren estadísticas para formularse. Si uno mira con detenimiento la historia moral de la humanidad mientras relee a Tucídides o a Cicerón, no encuentra una humanidad moralmente más pura. Lo que encuentra, más bien, es lo mismo de siempre: ambición, búsqueda de ventaja, uso interesado del poder, inclinación a justificar lo que conviene. En este sentido, no hay razones sólidas para afirmar que antes fuéramos mejores, pero ahí no se agota el problema.

Lo que sí parece haber cambiado son las condiciones en las que esas situaciones se suceden. Durante mucho tiempo, la vida transcurrió en entornos más estrechos, donde las acciones eran visibles, donde la reputación no era un concepto abstracto sino una forma concreta de control. Cualquier desviación tenía un costo inmediato, no precisamente legal, pero sí social, que operaba como un límite eficaz. No necesariamente éramos más honestos, pero sí más observados. Esta es la diferencia que importa.

Hoy las condiciones han cambiado. La distancia entre la acción y sus consecuencias se ha ampliado, las estructuras sociales, económicas y políticas son más complejas. La posibilidad de actuar sin ser visto —o que no se comprenda la magnitud del hecho— es mayor y con ello, parece diluirse la responsabilidad. La corrupción, por ejemplo, no es una invención contemporánea, pero sus características actuales son más sofisticadas, más difíciles de rastrear, más fáciles de justificar, como ocurre con muchas otras transgresiones que no han desaparecido pero cambian de escala y de mecanismo. En ese contexto, la percepción de pérdida moral adquiere sentido y no porque hayamos dejado atrás una edad de oro ética. Sucede porque el entorno que antes limitaba ciertas conductas ha perdido parte de su fuerza. A esto se suma otro elemento menos visible como el debilitamiento de ciertos códigos compartidos; en el sentido que el cumplimiento de normas depende cada vez más del individuo y menos del entorno, porque leyes sobran. La sanción externa ha cedido espacio a una exigencia interior que no siempre está igualmente desarrollada.

En resumen, podría decirse que hemos ganado en autonomía, pero hemos perdido en contención. Una moral sostenida por la vigilancia social es más estable sin ser necesariamente superior, mientras que una moral que depende del juicio individual necesita de algo más exigente como la capacidad de discernimiento, consistencia, responsabilidad, severidad de autojuicio… y no todos están en condiciones de sostenerla. Quizá por eso, si se le gasta un poco de tiempo a la reflexión, la comparación con el pasado resulta engañosa y clara al mismo tiempo. Esta diferencia, entre una moral sostenida por el entorno y una que depende del individuo, es el punto de partida para entender por qué hoy, aun con normas más exigentes, la sensación de fragilidad moral parece mayor.

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