El pasado viernes 9 de mayo de 2026, se cerró el último capítulo en la biografía de uno de los protagonistas más determinantes de nuestra historia reciente. A los 64 años, falleció Germán Vargas Lleras, el hombre que personificó como pocos la figura del heredero del poder, pero que, paradójicamente, partió sin haber cumplido el sueño que lo acompañó desde la infancia: ceñirse la banda presidencial que alguna vez lucieron su abuelo y su tío abuelo.
Nacido en 1962 en una cuna donde el poder no se buscaba, sino que se respiraba, Vargas fue nieto de Carlos Lleras Restrepo y primo segundo de Alberto Lleras Camargo. Criado por su padre, el empresario Germán Vargas Espinosa —tras la temprana muerte de su madre, Clemencia, cuando él apenas tenía 13 años—, Germán se forjó entre los pasillos de la alta política. Es célebre aquella fotografía de 1968 durante la visita de Pablo VI, donde un Vargas niño aparece subido en una mesa de la Casa de Nariño mientras su abuelo discurre; una imagen premonitoria de quien se pagoneó por los centros de decisión desde la cuna.
Mi primer contacto cercano con su figura ocurrió en 2018, de manera accidentada, durante su campaña a la presidencia. Aunque soy conservador de cuna, nunca he sido reacio a empatizar con otras vertientes y esa fue, de hecho, mi primera experiencia política real. Recuerdo haber corrido por las escalinatas del Hotel Tequendama intentando conseguir una foto suya; sin embargo, su esquema me informó que ya se había retirado hacia otro compromiso. Ese día me conformé con una foto con Rodrigo Lara, pero me quedó grabada la energía frenética y la exigencia que rodeaba a Vargas.
Esa exigencia fue el motor de su gestión. Como ministro de Vivienda y vicepresidente de Juan Manuel Santos, materializó hitos indiscutibles: el programa de casas gratuitas que benefició a más de cien mil familias y una transformación de la infraestructura nacional sin precedentes. Era un ejecutor implacable, un hombre de pocas palabras y disciplina casi militar que conocía el Estado como pocos.
Sin embargo, parece que fue esa misma rudeza la que le pasó factura. A diferencia del carisma magnético de Galán o de su propio abuelo, Vargas era visto por muchos como un aristócrata altivo, un “semidiós” de modales toscos y desconectado de la empatía popular. Amante de sus perros pugs, del tabaco fino y el buen licor, su carácter fue quizás el resultado de crecer bajo el peso de una dinastía y la ausencia temprana de una madre.
Sus intentos presidenciales de 2010 y 2018 se estrellaron contra ese muro de percepción. Ni los éxitos en gestión pudieron compensar sus desencuentros con la prensa y esa aparente desconexión con la gente que le quitó opciones frente a candidatos que supieron leer mejor el momento emocional del país. En 2022 prefirió el rol de estratega, impulsando las listas de su partido, hasta que su salud —ya golpeada por aquel cáncer que en 2015 lo dejó calvo, recordándonos físicamente a su abuelo— volvió a flaquear en este 2026.
Germán Vargas Lleras fue el último de los grandes “delfines” que murió sin ser presidente, pero se fue habiendo asegurado su paso a la historia por mérito propio. Fue un hombre de controversias profundas y de un pragmatismo necesario. Se marcha el ejecutor que nos dejó el billete de cien mil pesos con el rostro de su abuelo y los cimientos de la infraestructura moderna. Al final, el honor y el deber se mezclan en el adiós a un hombre que, aunque no heredó el solio de Bolívar, sí moldeó el destino de la nación con mano de hierro.

