comscore
Columna

La dieta del pobre

“Decidir no comer es un privilegio cuando la despensa está llena, pero para muchos esa es la vida apretando...”.

Enrique Del Río González

Compartir

Ahora resulta que estar sano también se volvió un lujo. No porque caminar cueste ni porque tomar agua tenga factura, sino porque alrededor de la vida saludable se montó una vitrina tan bonita y cara que a muchos solo les alcanza para mirarla desde la acera. El mundo fitness llegó con batidos verdes, relojes que cuentan pasos, gimnasios y dietas de nombres raros, como si comer bien necesitara pasaporte.

En redes parece que la salud viene en empaque importado. Proteína en polvo, pan sin gluten, yogur griego, harina de almendras, barras energéticas y ensaladas que valen casi lo mismo que un mercado de barrio. La dieta keto, la detox, la de moda y la del médico que habla bonito prometen bajar kilos. Lo curioso es que casi ninguna pregunta cuánto hay en el bolsillo.

Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿Qué dieta hace el pobre? Porque el pobre no siempre escoge, le toca resolver, corresponde completar el plato con arroz, plátano, yuca, pasta, papa o arepa, lo que rinda y quite el hambre. Si hay pollo, se guisa. Si hay carne, se estira. Si no hay, se inventa, y no es porque sea ignorancia nutricional ni desprecio por la ensalada, es que la nevera no entiende de tendencias y la quincena ya viene empeñada.

A los acomodados les hablan de ayuno intermitente y lo venden como disciplina. Pasan horas sin comer porque quieren y luego se premian con salmón, aguacate, huevos orgánicos y café sin azúcar. Al pobre también le toca ayunar, pero sin horario elegante ni aplicación en el celular, ayuna porque no alcanzó, porque el almuerzo quedó para los niños, porque el pan subió o porque la nevera amaneció con eco y a eso no le dicen método, le dicen aguante.

La diferencia no está solo en el menú, sino en la posibilidad de elegir. Una cosa es decir hoy no como pan porque me estoy cuidando y otra es no comerlo porque no hay con qué comprarlo. Una cosa es rechazar el arroz y otra es repetirlo porque es lo único que alcanza para que la olla parezca llena. En esa distancia se esconde una desigualdad que maquillamos con frases de superación, como si bastara voluntad para convertir un salario mínimo en salmón a la plancha.

Y sí, claro que hay que hablar de salud, es cierto que conviene caminar, tomar agua, comer mejor cuando se pueda y mover el cuerpo antes de que este cobre factura. Pero también hay que dejar de sermonear desde la comodidad. No se puede pedirle a una familia que cambie sus hábitos sin mirar el precio del mercado, el transporte, el arriendo y la angustia de llegar a fin de mes.

La dieta del pobre mezcla creatividad, resignación y resistencia. Tiene sazón de hogar, sobras recalentadas, meriendas aplazadas y una fe terca en que mañana habrá algo más. Decidir no comer es un privilegio cuando la despensa está llena, pero para muchos esa es la vida apretando. Por eso la dieta pendiente no es la del cuerpo perfecto, sino la de una sociedad menos indiferente.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News