comscore
Columna

La champeta ya es patrimonio

La champeta es un espacio de libertad y de afirmación frente a la exclusión, al clasismo y al racismo.

Saia Vergara Jaime

Compartir

Durante siglos, las y los ancestros de gran parte de nuestros connacionales fueron despojadas de su dignidad en el contexto de lo que la ONU declaró como el peor crimen de lesa humanidad en 2007, a través de la Declaración de Durban, reafirmada hace poco más de un mes. Cuatrocientos años de persecución, captura, esclavización y desarraigo de seres humanos se lee rápido. Cuatrocientos años de un sistema necroeconómico que enriqueció a muy pocos y obligó a trabajar sin descanso a millones de niños, niñas, jóvenes, adultos, viejos y viejas suena inverosímil. Cuatrocientos años de adaptación a un territorio desconocido, al lenguaje y a las lógicas del opresor, a los usos y costumbres ajenos se dice en un enunciado; se escribe y se lee en veinte segundos. Esos cuatrocientos años de trágicas dinámicas crearon un sistema social que se basó en la desigualdad, la estigmatización, y en la cosificación de las vidas de personas que fueron traídas por la fuerza desde África, y las de sus descendientes. Esa cosificación también alcanzó a quienes llevaban milenios en Abya Yala (lo que hoy conocemos como América), me refiero a los pueblos originarios de este continente.

El poder de los ritmos ancestrales, de la memoria inscrita en los cuerpos; las formas de sentipensar tan imbricadas con la naturaleza; la alquimia en el corazón de quienes llegaron y de quienes ya estaban aquí logró convertir los tantísimos dolores en cantos, en danzas, en belleza. La valentía de quienes lo resistieron todo y también la de quienes murieron o fueron asesinados en el camino; la osadía de quienes huyeron con semillas escondidas en su “pelo bueno”, buenísimo, hermoso y vital, en el que también se trazaron los caminos de fuga, fue produciendo con el tiempo muy diversos y admirables procesos de resistencia, de apropiación y de transgresión de lo colonial; también de sincretismo, de burla y goce compartido para soportar lo insoportable.

Un ejemplo de la resistencia, de esos ritmos y memorias, del sentipensar, del valor y la osadía se ve reflejado el universo cultural de la champeta, que es mucho más que una música, un baile, un sistema de sonido, un lenguaje o una iconografía. La champeta es un territorio simbólico que habla de los pueblos sometidos, subalternos; de esas personas que, aunque llegaron desde África con cadenas, también trajeron sus sistemas de conocimientos y sus prácticas ancestrales, milenarias.

La champeta es un espacio de libertad y de afirmación frente a la exclusión, al clasismo y al racismo, dolorosas herencias coloniales que no nos representan, y contra las que luchamos y lucharemos cada día de nuestras vidas.

La champeta es también un repositorio de esas memorias de quienes nunca han tenido voz en las historias oficiales; de aquellos y aquellas que contribuyeron, entre muchas otras cosas, a construir los 45 centros históricos de Colombia, las murallas que se ven y las que están sumergidas, los fuertes militares, las iglesias, los santuarios. Incluir sus aportes en los relatos nacionales, también en tantos otros ámbitos de la historia, hace parte de la reparación que les adeudamos a los pueblos negros de nuestro país.

En un día emblemático, simbólico, histórico, como el de hoy, un 21 de mayo de 1855, se abolió la esclavitud en Colombia. Hace unos años, en conmemoración, fue declarado éste como el Día Nacional de la Afrocolombianidad. Y este 21 de mayo de 2026 se le añade una más: el reconocimiento a los pueblos negros del Caribe colombiano a través de la entrega de la resolución que acredita que el Conjunto de Expresiones Culturales asociadas a la Champeta del Caribe Colombiano ya hace parte de la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial (LRPCI) de la nación.

Me pregunto con mucha frecuencia -sin hallar aún la respuesta- de qué material están hechos nuestros hermanos y hermanas afrodescendientes e indígenas, los mestizos campesinos y campesinas. Cómo es posible que, a pesar de las tantas violencias, heredadas y padecidas; a pesar del racismo, la exclusión y el despojo que no acaban, siempre-siempre-siempre y contra todo pronóstico logran transmutar el desgarro en espeluque, en parrandas, en arrullos y alabaos; en juntanzas, fiestas y festivales; en rituales llenos de alegría, de sabiduría y belleza. Cómo es que, a pesar de tanto y de todo, quienes más excluidos han sido de la historia del otrora virreinato y de nuestra joven república siguen creando cantos, danzas, comidas, vestuarios, peinados, estéticas cargadas de poderosa resiliencia, y cómo es que siguen transmitiendo de generación en generación estos saberes hasta lograr, incluso, que el Estado los reconozca como patrimonio cultural inmaterial.

En esta ciudad tan significativa, que carga la memoria viva del colonialismo pero también del cimarronaje, de la diáspora africana, de donde salieron las personas que fundaron el primer pueblo libre de América, el Palenque de San Basilio, Patrimonio de la Humanidad; en esta ciudad donde la memoria se hizo palabra, tambor, cortejo, terapia, y se hizo picó, baile en una baldosa y apercolle, es donde, orgullosamente, nació la champeta.

La inclusión en la LRPCI honra la memoria de todas y todos quienes, desde el inicio de los tiempos, incluidos ancestros y ancestras, han puesto su granito de arroz, su semilla de maíz, su pepa de mango. Desde el Teatro colonial de Cartagena de Indias, en el marco de un festival que celebra la riqueza ancestral de los pueblos de origen africano en Colombia, podemos contarle al mundo que la champeta, ese territorio simbólico de las memorias negras del Caribe, ya es patrimonio.

Larga y próspera vida a la champeta que es y seguirá siendo expresión viva de la resistencia de un pueblo que jamás ha podido ser vencido.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News