Las próximas elecciones presidenciales parecen confirmar una transformación profunda de la política colombiana: el debate democrático ya no gira alrededor de programas de gobierno o de la viabilidad técnica de las políticas públicas, sino en torno a un triángulo cada vez más poderoso y peligroso: populismo, polarización y posverdad.
El populismo —de izquierda o de derecha— no es propiamente una ideología, sino una lógica política que divide moralmente a la sociedad entre un “pueblo” virtuoso y una élite corrupta y opresora, mediada por un líder que se presenta como intérprete exclusivo de la voluntad popular. El problema es que esa narrativa necesita antagonistas permanentes para sobrevivir. En Colombia, los dos candidatos punteros en las encuestas encarnan discursos profundamente distintos, pero ambos operan bajo la misma lógica de oposición entre amigos y enemigos. Mientras Iván Cepeda apela a una lucha histórica contra élites excluyentes y violentas, Abelardo De la Espriella construye su narrativa alrededor del orden, la seguridad y el miedo al deterioro institucional. En ambos casos, la política se desplaza del debate técnico hacia la deslegitimación moral del adversario.
El segundo vértice es la polarización afectiva. El adversario político dejó de verse como alguien equivocado para convertirse en una amenaza existencial. Para sectores de derecha, una eventual continuidad del petrismo representa la consolidación del caos, la impunidad y el debilitamiento institucional. Para sectores de izquierda, el retorno de la derecha significa la restauración del uribismo y la legitimación de formas de violencia política. Cuando la democracia se transforma en una batalla emocional entre “salvadores” y “enemigos”, el centro político moderado y la deliberación racional comienzan a desaparecer.
El tercer componente es la posverdad. En el debate político preelectoral colombiano, los hechos verificables importan cada vez menos frente a las emociones y las identidades. Lo anterior es reforzado por las redes sociales que premiar la injuria, la indignación y la simplificación extrema. Las cifras dejan de funcionar como datos objetivos y se convierten en instrumentos retóricos orientados no a describir la realidad, sino a reconstruirla según las necesidades emocionales y políticas de cada bando, lo que impide deliberar racionalmente.
La Constitución de 1991 instauró una democracia pluralista basada en la coexistencia de adversarios que, pese a sus diferencias, comparten unas reglas mínimas de convivencia institucional. El riesgo actual es que el triángulo de las tres “p” erosione precisamente esos consensos básicos y transforme la política en una guerra emocional permanente.
Próximamente Colombia no solo elegirá un presidente. También decidirá si profundiza los discursos del odio y del resentimiento o si recupera algo elemental para cualquier democracia: la capacidad de discutir sin destruir al contradictor, disentir sin convertir al adversario en enemigo y defender ideas sin reemplazar la verdad por la emoción. Todavía existe un importante sector de ciudadanos indecisos que podría inclinar la balanza hacia una política menos radical, más racional y genuinamente democrática.

