En América Latina —y particularmente en Colombia— el presidencialismo, el mesianismo y el patriarcalismo han operado históricamente como un mismo engranaje sociopolítico. Mientras el presidencialismo aporta el armazón jurídico e institucional y el mesianismo reactualiza la figura del líder salvador, el patriarcalismo proporciona la legitimidad simbólica y cultural. Entendido no solo como dominación masculina, sino como una estructura de poder basada en el patronazgo y en la figura del líder proveedor y protector, el patriarcalismo ha moldeado profundamente la cultura política y la psicología electoral colombiana.
Incluso los sectores progresistas han terminado reproduciendo esa lógica. El actual gobierno, pese a su discurso transformador, ha profundizado el hiperpresidencialismo, reforzado imaginarios patriarcales y mesiánicos y relegado la presencia femenina a roles simbólicos o complementarios, como ocurre con la vicepresidenta. A pocos días de la primera vuelta presidencial, las encuestas reflejan un hecho incuestionable: el fortalecimiento de candidaturas masculinas asociadas a estereotipos paternalistas de autoridad, protección y provisión, así como el relativo debilitamiento de los liderazgos femeninos.
Abelardo De la Espriella simboliza la estetización contemporánea del “macho alfa” y del orden punitivo. Su discurso no promete complejas reformas institucionales, sino autoridad, disciplina y mano dura frente al desorden y la inseguridad. Se trata de una actualización moderna del viejo pater familias: el líder fuerte que ofrece protección a cambio de obediencia política.
Iván Cepeda, por su parte, representa una variante distinta: el patriarca benevolente y proveedor. Aunque cuestiona las jerarquías tradicionales, su narrativa también descansa sobre la idea de un Estado paternalista dirigido por un liderazgo moralmente superior capaz de garantizar bienestar y reparación histórica.
El caso de Paloma Valencia resulta particularmente interesante. Aunque inicialmente pareció representar un liderazgo femenino autónomo dentro de la derecha, su campaña terminó orbitando alrededor de la figura de Álvaro Uribe, reproduciendo una forma de patriarcalismo vicario en la que la legitimidad política femenina todavía depende parcialmente de la cercanía con el patriarca fundador.
Pero quizá la gran paradoja de esta elección esté ocurriendo fuera de las encuestas. Algunos dicen que el 15 %, otros que el 28 % del electorado permanece indeciso y, según distintos sondeos, una parte importante de ese voto está compuesto por mujeres. Ese electorado silencioso podría reforzar nuevamente el imaginario patriarcal de la Presidencia o alterar el tablero político y abrirle espacio no solo a Paloma Valencia, sino también a Claudia López o Sondra McCollins.
Y eso tendría un significado que trasciende lo electoral. Incluso si algunas de esas candidaturas todavía operan dentro de estructuras políticas patriarcales, su eventual consolidación podría marcar el inicio del desgaste de una cultura política construida históricamente alrededor del caudillo masculino, el hiperpresidencialismo y el patriarcalismo. Tal vez la verdadera transformación democrática de Colombia no consista únicamente en cambiar de presidente, sino en que las mujeres dejen de ser figuras accesorias del poder para convertirse, finalmente, en protagonistas reales de su ejercicio.

