La indiferencia es el mayor cómplice del odio. No la crueldad explícita, no la violencia declarada, sino esa callada aquiescencia con la que las sociedades dejan prosperar los discursos incendiarios, hasta que ya es tarde para apagarlos.
Colombia conoce bien ese peligro. Desde los tiempos de Laureano Gómez —apodado con sobrada razón «el Monstruo»—, el lenguaje político se convirtió en arma. En la década de los cuarenta, sus palabras incendiarias señalaban enemigos, trazaban fronteras entre compatriotas y llamaban, veladamente, a la violencia. Esa virulencia tuvo consecuencias: el 9 de abril de 1948, Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado, y con él cayó también una promesa de país. Lo que vino después fue el Bogotazo, y luego, por varios años, los campos se tiñeron de sangre de inocentes, que nunca supieron bien por qué morían.
Sobrevino entonces el Frente Nacional, ese pacto de élites que entre 1958 y 1974 administró La Paz, a costa de la pluralidad. Quienes pensaban distinto eran tildados de comunistas y auxiliares de la subversión. El mismo lenguaje de odio, diferentes destinatarios. La misma lógica de exclusión.
Por eso me inquieta el presente. En tiempos de incertidumbre —y los que vivimos son épocas de mucha zozobra—, amigos que me honran con su confianza y que conocen mi vocación objetiva democrática, me han preguntado: ¿qué sigue? Lo hacen después de estas jornadas electorales y de las intervenciones que varios líderes políticos han protagonizado, con una irresponsabilidad flagrante.
Quiero ser preciso. El señor presidente Petro se pronunció, en las urnas, como ciudadano, pero luego, ya como mandatario, dejó escapar, con sus frases, una oportunidad de altruismo. Veamos, el Estado de derecho impone a los ciudadanos acudir ante los jueces de la república, para que sean ellos quienes determinen si, en efecto, se agregaron las más de 800.000 cédulas de ciudadanos ausentes del censo oficial, como lo reseña el primer mandatario. Esa es la vía. Ese es el deber que corresponde a quien tiene la obligación, consagrada en el artículo 22 de la Constitución Política, de preservar la paz como un derecho, y que, como supremo garante del orden público, está determinado a mantener la armonía en el país.
La candidata a la vicepresidencia tampoco escapó al error. Sus palabras —en el sentido de que, ante un posible fraude que se detecte, sería la primera en bajar con las mingas indígenas— son igualmente desafortunadas. Son los jueces, y no las movilizaciones, quienes deben realizar las corroboraciones correspondientes. Por si de pronto hiciera falta alguna orientación adicional: la Fiscalía ya informó la detección de veintiocho personas desaparecidas, que aparecían votando (El Tiempo, 31 de mayo).
Pero no solo eso me preocupa. También me alarma el discurso incendiario del señor De la Espriella, quien trató al primer mandatario y al señor Cepeda de manera en extremo irrespetuosa, calificándolos de ‘bandidos’ y a la administración gubernamental, en presidencia, de «banda criminal». Y lo más grave, es fatal y muy peligroso su pronunciamiento de convocar a sus seguidores a defender, por “la razón o la fuerza”, la democracia, palabras que tienen un enorme peso entre sus seguidores y que ningún líder democrático debería pronunciar.
Debo decirlo con la misma honestidad: el candidato Cepeda tampoco se sustrajo a la trampa. Al responder que el proyecto político de su contendiente es un «fascismo mafioso», cayó en el mismo corral de vituperios. Los excesos injuriosos, en una campaña programática seria, no se compadecen con una contienda que llame al debate elegante. Estando frente a una democracia madura y sólida, nadie debe caer en esos cantos de sirena, ni en confrontaciones agresivas, de palabra o de obra, en contra de nuestros legítimos contradictores, que siguen siendo nuestros hermanos coterráneos. Las elecciones pasan, nuestros amigos, familiares y conocidos quedan.
El mundo tiene ejemplos que no debemos olvidar. En el año 2021, Donald Trump estuvo incitando, aleccionando a sus seguidores —su «manada», dicen algunos— para que marcharan y se tomaran el Capitolio de los Estados Unidos. Vándalos que irrumpieron con desmedida violencia en el templo de la democracia norteamericana, en un intento de impedir la certificación de una victoria electoral legítima de Joe Biden. Hubo heridos. Hubo muertos. Que Dios nos libre de algo semejante.
Lo único que queremos —los que adoramos este hermoso país— es la paz. Y, de paso, que nos dejen disfrutar tranquilos el Mundial de Fútbol, al menos, para los que amamos este deporte.

