Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
Pide que el camino sea largo.
Lleno de aventuras, lleno de conocimiento."
Constantino Cavafis, Ítaca
En la actualidad corren ríos de tinta y conferencias, tratando de La Odisea, la película de Christopher Nolan, basada en el libro de Homero, narrando el largo regreso de Odiseo a Ítaca, donde lo espera con paciencia su esposa Penélope. La verdad, esta cinta nos puso a pensar en otras cosas, fuera del Mundial de fútbol y de los inestables momentos políticos que atraviesa nuestro país. Además, recordarnos que bien vale la pena releer esta obra, junto con su melliza, La Ilíada.
Se ha dicho que la grandeza de La Odisea no reside en la partida, tampoco en la llegada, sino en el viaje en sí mismo y en la esperanza inquebrantable del retorno. Allí, en esa fe y fuerza interior, se encuentran unas de las más aquilatadas virtudes de la condición humana.
Nolan, con su obra fílmica, ha recuperado esa dimensión ética y filosófica, donde el héroe no emprende simplemente un viaje por mares desconocidos: enfrentando a veces la furia de Poseidón, atravesando territorios de miedo, de tentaciones, de pérdidas y de incertidumbres. Diez años de navegación convierten su regreso en una escuela de aprendizaje para fortalecer su espíritu. Los cantares de las sirenas nos simbolizan las seducciones, capaces de apartar al hombre de su destino.
Convertirse en un ser de luz y de bien. Atarse al mástil no es una limitación, sino un acto de libertad, de quien conoce sus debilidades y sabe que la fortaleza consiste en gobernarse a sí mismo. Aristóteles ya nos enseñaba que las virtudes nacen del hábito y del justo medio. Además, Odiseo encarna una prudencia que resiste, donde otros hombres sucumben ante placeres efímeros.
La obra también enseña que todos los actos tienen sus consecuencias: la desobediencia y la codicia de sus compañeros desencadenan terribles desgracias. Odiseo, en cambio, sigue en la adversidad, al gran Séneca: La verdadera grandeza se mide cuando cada persona se enfrenta a la dificultad y la supera con templanza.
Existe, además, un elemento profundamente humanista. Zeus aparece como dios protector de los forasteros, mediante el principio de la hospitalidad, ‘la xenia’. Recibir al extranjero con respeto no es un simple acto de cortesía, sino una ley natural. Esta enseñanza encuentra su eco en los principios masónicos, donde la fraternidad es una columna esencial. El visitante merece consideración, no por su riqueza, ni por sus títulos, sino porque es su hermano, por su dignidad humana. Desde allí comienza la civilización contra la barbarie.
Para no olvidar, el filósofo Heráclito nos recuerda que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque cuando volvemos a introducirnos en sus aguas, ya no son las mismas y el hombre también ha cambiado. Sin embargo, algo permanece: los estoicos lo llamaban el dominio del carácter; Paul Ricoeur distinguía entre lo que cambia y lo que conserva su identidad profunda. Odiseo regresa hecho otro hombre, más prudente, más humilde, más sabio; pero siempre fiel a la promesa que le hizo a su esposa: volver a Ítaca.
Tal vez por eso la película nos emociona. Algunos atravesamos terribles tempestades; otros, encuentran sirenas que prometen atajos y una vida de placeres, sin límites; otros más, realzan temores verdaderos o ficticios, que se multiplican con el paso del tiempo; el puerto, a veces, nos parece inalcanzable. Pero la vida trata de eso: una sucesión de pruebas, donde la victoria no consiste solo en llegar, sino en regresar, conservando intactos los principios que dieron sentido al viaje y mejorándolos. Ese es uno de los legados de Homero y el desafío que Nolan nos propone: recordarnos que el hombre puede transformarse, sin perder jamás la esencia que lo define.

