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Columna

Guerras ajenas

“A veces ayudar es pedir auxilio, acompañar, aconsejar, no mentir, no estorbar y, cuando toque pelear, que sea por una causa justa, conocida...”.

Enrique Del Río González

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Hay silencios que no nacen de la cobardía, sino de una prudencia amarga, tal como esa lucidez que obliga a mirar el incendio antes de correr hacia las llamas. No toda retirada es traición, ni toda reserva merece el nombre de complicidad. A veces callar es medir fuerzas, reconocer límites y entender que no debemos graduar de enemigo a cualquiera.

Desde la comodidad de la grada solemos exigir una valentía que no siempre estaríamos dispuestos a practicar si el peligro nos respirara en la cara. Admiramos al que detiene un atraco, una agresión, al que se planta frente al poderoso cuando todos agachan la cabeza. Lo injusto empieza cuando esos actos admirables se vuelven patrón obligatorio para medir la decencia de los demás, porque no se le puede pedir lo mismo a quien tiene autoridad o posición de garantía, que a quien apenas conserva la posibilidad de no salir triturado de una pelea que no entiende.

Quien ve desde afuera una guerra ajena casi nunca conoce el cuento completo, las heridas, las versiones contradictorias ni los intereses bajo la mes; puede ocurrir que los dueños del conflicto terminen abrazados mañana, mientras el espontáneo queda atravesado, pagando costos que nadie le va a reconocer. También puede pasar que una causa presentada como justa tenga zonas grises o cuentas personales disfrazadas de principios.

Cuando alguien repite que quien no está con él está en su contra, conviene sospechar de esa comodidad moral que reparte condenas sin mirar circunstancias. Alguien puede no estar porque no sabe, porque no vio, porque no tiene cómo probar, porque la pelea no es suya o porque el precio de entrar en ella resulta desproporcionado. Hay guerras ajenas que merecen apoyo, pero cuando hay justicia, gratitud y reciprocidad, no por chantaje emocional ni por mandar a otros al frente mientras los generales miran desde lejos.

Del viejo arte de la guerra queda una enseñanza incómoda que la vida confirma a golpes y es que no se enfrenta al enemigo cuando está fortalecido, ni se abre un frente por puro temperamento. La conciliación, la diplomacia y hasta cierta distancia pueden ser formas de inteligencia, no disfraces de miedo. Ningún pleito es bueno si pudo evitarse sin renunciar a la dignidad, más grave que la prudencia del débil resulta la comodidad del fuerte que, teniendo poder, tribuna e información, prefiere esconderse detrás de una neutralidad conveniente.

Las guerras ajenas se miran con humanidad, porque ayudar no siempre significa lanzarse al abismo ni romperse la cabeza para probar lealtad. A veces ayudar es pedir auxilio, acompañar, aconsejar, no mentir, no estorbar y, cuando toque pelear, que sea por una causa justa, conocida y propia en algún sentido moral. Lo demás es épica barata, exigir sacrificios en nombre de una causa mientras se permanece cómodo, intacto, lejos del fuego que se pretende encender con el cuerpo de otros a quienes se usa para extender la quema.

*Abogado.

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