Existe un hilo invisible que amarra los balcones de Cartagena con los solares de La Habana- Cuba, los cerros de Caracas y las esquinas de la capital del mundo (Nueva York). No es un tratado político, ni un acuerdo comercial de esos que se firman con pompa y se olvidan en los anaqueles de la burocracia. Es algo mucho más mundano y, por lo mismo, infinitamente más poderoso: el golpe de dos pedazos de madera que marcan un compás. El ritmo de la clave.
A menudo miramos a Hispanoamérica como un mosaico de fragmentos dispersos; un continente de fronteras caprichosas donde cada país parece empeñado en mirarse el ombligo. Nos dividen los acentos, las disputas futbolísticas y los vaivenes de la política de turno. Sin embargo, basta que una guitarra empiece a puntear un tumbao o que un bongó rompa el silencio para que esa supuesta distancia se desmorone en tres segundos.
Ese milagro cotidiano se lo debemos, en gran medida, al son cubano.
Nacido en el anonimato de los campos de la Cuba oriental a finales del siglo XIX, el son no pidió permiso para convertirse en el mapa genético de nuestra identidad sonora. Su belleza no radica en la pureza, sino precisamente en todo lo contrario: en su maravillosa y descarada impureza. Fue el abrazo definitivo, y a veces clandestino entre la décima guajira, de herencia profundamente española, y la rítmica sagrada del tambor africano. En una época en la que las élites intentaban blanquear la cultura a toda costa, el son se plantó en la base de la sociedad para demostrar que el mestizaje no era una mancha, sino nuestra mayor virtud.
Lo fascinante del son es que no se quedó estancado como una pieza de museo. Tuvo la generosidad de viajar, de contaminarse sanamente de puerto en puerto. Se subió a los barcos, contagió el Veracruz mexicano, se asentó en el Caribe colombiano y, décadas más tarde, mutó en las calles neoyorquinas para darle vida a la salsa. Al final del día, cuando hoy bailamos un montuno en Cali o cantamos una crónica urbana en San Juan Puerto Rico, lo que estamos haciendo es conjugar el mismo verbo que inventaron Miguel Matamoros o Ignacio Piñeiro hace casi un siglo.
En un mundo actual hiperconectado pero paradójicamente cada vez más aislado, donde los algoritmos nos encierran en burbujas de contenido individual, la música del Caribe nos recuerda el valor de lo comunitario. La estructura del son es, en sí misma, una lección de convivencia: el formato de pregunta y respuesta, donde el sonero improvisa pero necesita obligatoriamente del coro que le responde, es el reflejo de una sociedad que dialoga, que se escucha y que se sostiene colectivamente.
El son nos enseñó que la alegría puede ser una forma sutil de resistencia y que las penas, si se cantan en síncopa, duelen menos. Mientras la clave siga sonando en alguna esquina de nuestra América, sabremos que, a pesar de las tormentas, seguimos caminando al mismo ritmo.
