Cartagena protagoniza hoy una de las mayores contradicciones políticas de Colombia. En 2022, Gustavo Petro obtuvo en la ciudad una de sus votaciones más contundentes del país. Miles de cartageneros respaldaron un discurso de transformación, inclusión y cambio, convencidos de que por fin la ciudad tendría un lugar prioritario dentro de la agenda nacional.
Sin embargo, cuando se observa la realidad de Cartagena varios años después, surge una pregunta incómoda: ¿qué recibió realmente la ciudad a cambio de ese respaldo electoral?
El propio alcalde Dumek Turbay ha manifestado públicamente, en distintas oportunidades, la necesidad de una mayor articulación con el Gobierno nacional alrededor de proyectos estratégicos para Cartagena. Ha insistido en la importancia de abordar temas como protección costera, infraestructura, drenajes pluviales, recuperación ambiental del canal del Dique, movilidad y desarrollo urbano.
Mientras otras regiones avanzan en consolidar proyectos de alto impacto, Cartagena continúa enfrentando desafíos históricos que afectan diariamente la calidad de vida de miles de habitantes. Inundaciones recurrentes, desigualdad social, rezagos en infraestructura, problemas ambientales y necesidades urgentes de inversión siguen presentes en numerosos sectores.
Lo más llamativo es que esta situación ocurre precisamente en una ciudad que entregó uno de los respaldos electorales más importantes al proyecto político que hoy gobierna Colombia.
La discusión no debería centrarse únicamente en discursos, anuncios o debates ideológicos. Los ciudadanos votan esperando resultados concretos. Votan esperando soluciones visibles.
Por eso resulta legítimo que Cartagena haga una evaluación objetiva de lo ocurrido durante estos años. No desde el fanatismo político ni desde la confrontación permanente, sino desde los hechos. Porque una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta transformar territorios.
Las elecciones volverán a pasar. Los discursos cambiarán. Los candidatos también. Pero Cartagena seguirá necesitando inversiones, oportunidades, empleo, infraestructura y soluciones para millones de ciudadanos que esperan mejores condiciones de vida.
Quizás ahí está la verdadera pregunta que los cartageneros deberían hacerse. Si una ciudad que respaldó de manera tan contundente una propuesta política nacional sigue esperando respuestas a muchos de sus problemas históricos, ¿qué tan efectiva ha sido realmente esa apuesta por el cambio?
Más allá de las simpatías o diferencias ideológicas, la ciudadanía tiene derecho a exigir resultados. Porque al final, lo que transforma una ciudad no son los discursos ni las campañas. Son las obras, las decisiones y la capacidad de convertir las promesas en realidades visibles para la gente.
