comscore
Columna

Polarización y salud mental

“Tal vez por eso muchas personas sienten que conversar hoy implica exponerse al desacuerdo, al juicio o la descalificación, que opinar genera...”.

Elsy Domínguez De La Ossa

Compartir

¿Por qué cada conversación parece terminar en una disputa emocional? Hay amistades que ya no hablan de política, familias que evitan ciertos temas y personas que sienten agotamiento antes de opinar. La polarización ya no es una diferencia de ideas, sino una experiencia emocional cotidiana, una confrontación de identidades.

Hoy cualquier conversación puede convertirse en un campo de tensión en el que percibimos a los demás como una amenaza o como enemigos morales. Se trata de un fenómeno que tiene efectos más profundos de lo que solemos admitir: los conflictos sociales prolongados, según el psicólogo y filósofo Ignacio Martín-Baró, producen desgaste psíquico colectivo. No es solo tensión política, también formas de vida atravesadas por el miedo, la desconfianza y la fragmentación del vínculo social.

Alrededor de ese conflicto surge la ansiedad anticipatoria -esa incomodidad antes de hablar- y el agotamiento de estar siempre a la defensiva. La polarización no solo divide ideologías: erosiona vínculos, deteriora la confianza y dificulta la construcción de comunidad.

En ese contexto, el sociólogo Zygmunt Bauman advertía que las sociedades contemporáneas producen vínculos cada vez más frágiles y reemplazables. La diferencia deja de ser algo que se tramita y se convierte en algo que se descarta. El otro es una amenaza simbólica y no un interlocutor, y los espacios de deliberación terminan convertidos en escenarios de desgaste emocional.

Tal vez por eso muchas personas sienten que conversar hoy implica exponerse al desacuerdo, al juicio o la descalificación, que opinar genera cansancio y que escuchar se vuelve difícil. El desafío social no es menor: no basta con promover el diálogo si no se reconocen las emociones desde las que ese diálogo ocurre. Nadie construye acuerdos desde la irritación permanente o la humillación. En contextos polarizados, también es necesario trabajar sobre las emociones colectivas y sobre la manera en que las sociedades tramitan el conflicto.

En países marcados por la desigualdad y la memoria de violencia, esta tensión no surge de la nada. El reto no es eliminar el desacuerdo o de dejar de pensar distinto -que es inevitable en cualquier sociedad democrática-, sino impedir que se convierta en una lógica de fractura permanente y recuperar la capacidad de disentir sin destruirnos.

Cuando toda conversación se convierte en una batalla emocional, el costo deja de ser político y empieza a ser profundamente humano.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

* Profesora de la Escuela de Negocios, Leyes y Sociedad, UTB.

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News