Dijo Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”…*
El milagro más maravilloso que ocurre en el mundo entero es la presencia de Jesús, en cuerpo, alma y divinidad, en todos los sagrarios de la tierra y cada vez que se celebra su Sagrada Eucaristía. Este misterio que veneramos de modo especial en la solemnidad de Corpus Christi realiza su obra silenciosa en la intimidad de tantas personas que lo reciben en gracia de Dios y lo expresan en los actos concretos de sus vidas.
Jesús sigue trabajando en la humanidad, de manera individual y colectiva, en su iglesia. Se hace presente en su palabra, en la oración y, muy especialmente, en la Sagrada Eucaristía, medio privilegiado para hacernos partícipes de su vida gloriosa, llenarnos de su amor y ayudarnos a compartirlo con los demás.
El mes de junio es un mes muy especial porque la Iglesia nos invita a contemplar con mayor profundidad este misterio, junto con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María y a advocaciones tan queridas como Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y María Reina de la Paz.
En medio de las realidades que vivimos, saber que Dios nos ama tanto, que nos entregó a su hijo para nuestra redención y salvación, que quiere liberarnos de las esclavitudes a las que nos somete el pecado y darnos la gracia de habitar en nosotros con su Espíritu para iluminarnos y santificarnos, es una realidad inmensa que debería conmovernos profundamente. Todo nos revela que su Sagrado Corazón arde de amor por la humanidad. Sin embargo, no siempre hemos sabido reconocer, valorar, adorar a Jesús como realmente se merece, para bien de nuestras propias almas y para conquistar, con su ayuda, el Reino de su justicia, paz y amor.
Él solo quiere ofrecernos su amor, que recibamos su perdón y misericordia, y que confiemos en Él en nuestro camino hacia la eternidad. Sin embargo, para recibir sus bendiciones, se requiere de nosotros docilidad, apertura y humildad: sabernos necesitados de Él y acoger todo lo que gratuitamente nos ofrece.
Que en este mes podamos acercarnos con más amor a Jesús Eucaristía, dejarnos transformar por su corazón ardiente y permitir que ese amor se refleje en nuestra vida diaria, en nuestras familias, en la Iglesia, en la sociedad, en el país y en el servicio generoso a los demás. Que se cumpla en nosotros la promesa: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.
Sagrado Corazón de Jesús. En ti confío.
*Jn 6, 51-58.
**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.
