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Columna

Alfonso Betancourt: médico y apóstol

“A Colombia ingresaron por Cartagena y Mompox en el siglo XVI, dispersándose a pueblos y ciudades...”.

HENRY VERGARA SAGBINI

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Alfonso Betancourt Castellar (Malagana, Bolivar, diciembre 19 de 1924 - Cartagena, diciembre 6 de 2003), destacadísimo médico internista, de excelencia académica, disciplinado, con vocación de servicio, graduado en la Universidad de Cartagena en abril de 1955 con una tesis laureada, becado por la Fundación Rockefeller, internista - gastroenterólogo, ejerció apegado a la ética y con profundo sentido humanitario, respetado por colegas y pacientes, merecedor en 1999 de la ‘Cruz de Esculapio’, máxima distinción de la Federación Médica Colombiana.

Virtuoso de la guitarra, el tiple, la bandola; esposo y padre amantísimo: Josefina Piñeres Oliver, su amor eterno; Soraya, Josefina, Germán Alonso y Aiken Felipe Betancort, sus hijos, orgulloso de su camada. De raíces franco - normando, provenientes de Islas Canarias, extendiéndose por el continente americano. A Colombia ingresaron por Cartagena y Mompox en el siglo XVI, dispersándose a pueblos y ciudades, reconocidos por su capacidad emprendedora, pacíficos, con don de gentes, consideración por el ser humano cualquiera fuere el credo, raza y condición socioeconómica.

Alfonso Betancourt Castellar dignificó la Medicina: prudente, humilde, solidario, dedicó su existencia a preservar la salud y la vida humana, dejando huellas de ciencia y solidaridad. Quienes tuvimos el privilegio de ser sus discípulos, testificamos que enseñó con el ejemplo: metódico, respetuoso, humilde, hizo de la medicina una vocación sagrada y, del ejercicio profesional, compendio científico y ético. Su presencia inspiraba respeto: intachable, meticuloso, culto, sabio.

Durante las rondas, en el segundo piso del extinto Hospital Santa Clara, se distinguía por su bata blanca hasta las rodillas, tenue fragancia de la colonia ‘Johann María Farina’, evaluaba con rigor cada paciente de Medicina Interna junto a residentes, internos y estudiantes, sin prisa, con respeto supremo, certeras decisiones terapéuticas recomendando a los futuros galenos: - “Conviértanse en médicos que no solo curan dolores del cuerpo, también encienden luces de respeto y esperanza. De aquella luminosa presencia da fe Raymundo Salvador Betancourt, sobrino del maestro, prestigioso ginecólogo por convicción, músico de vocación, quien testifica que en Malagana, su tierra natal, 23 años después de su partida sideral se aferran al recuerdo de este apóstol y solidario de la medicina, quien periódicamente se trasladaba a su amado terruño, atendiendo, gratuitamente, interminable fila de enfermos humildes, desde la madrugada hasta entrada la noche.

En estos tiempos ariscos y metalizados viene bien recordar al MAESTRO de MAESTROS, quién dejó lecciones de ciencia solidaria, impronta de auténticos sabios, ejemplo a nuevas camadas testificando que aún es posible ejercer la medicina con autoridad científica y decencia inmaculada.

El doctor Betancourt Castellar pertenece a la legión de galenos que hicieron de la medicina una misión sagrada, lejos de leyes y apetitos inflexibles, de oferta y demanda, prestándole sus manos al Supremo Hacedor. Quizás por esas virtudes en periodo de extinción, a 23 años de su partida sideral, ante el colapso del sistema de salud colombiano, residentes en Malagana y el resto de la comarca, se encomiendan, con la fe del carbonero, al espíritu solidario y sanador del doctor Betancourt , médico y apóstol.

No faltan testimonios asegurando verlo llegar silenciosamente a hogares de enfermos, con bata inmaculada impregnada en fina colonia, rememorando épicas batallas sanadoras en el extinto Hospital Santa Clara. ¿Quién lo duda? Solo mueren aquellos que se olvidan.

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