La intervención del papa León XIV, ante el Congreso de los Diputados de España, se dio en un escenario que, por lo general, no ha sido precisamente pacífico. Fue incómoda para la mayoría de los asistentes y mucho más que necesaria, en estos tiempos mitómanos, donde la rencilla y el odio entre hermanos es el pan de cada día. Se trató de un recordatorio sobre las premisas que recoge nuestra Constitución Política, cuando establece el principio de la dignidad humana, y que la paz no se construye con violencia, ni con la imposición de la fuerza, sino con el reconocimiento de la valía de cada persona.
Siguiendo la estela de Kant —para quien el hombre no es un medio al servicio de ninguna finalidad ajena, sino que es un fin en sí mismo—, el pontífice eligió hablar desde las realidades y la filosofía, antes que desde el dogma de la fe católica.
Pocos en el auditorio, incluyéndome, sabían quién era Francisco de Vitoria. El papa sí, y lo recordó. Aquel jurista y teólogo dominico del siglo XVI, que en plena conquista de América se atrevió a preguntar lo que nadie quería oír: si el poder tenía algún límite, o si la fuerza podía disfrazarse de derecho para legitimar lo que simplemente convenía. Que León XIV lo traiga al presente no es un ejercicio de erudición. Es un recordatorio serio y delicado.

El color de una ciudad también construye su encanto
José William PorrasUna nación, dijo en esencia el papa, se mide por cómo cuida a quienes tienen menos posibilidades económicas y menos fuerza para hacerse oír. Pidió acogida para los migrantes, con el respeto que exige el principio de dignidad, pero también reclamó algo que pocas veces se dice con la misma contundencia: el derecho a no tener que marcharse del lugar donde uno nació y construyó su vida. Las fronteras, insistió, no pueden ser lugares de abandono. Deben convertirse en espacios de protección.
Reclamó, igualmente, el derecho de los padres a elegir la educación que quieren para sus hijos, y el de las escuelas y universidades a enseñar, a pensar, a buscar la verdad, sin tutelas ideológicas. Recordó que toda guerra es, antes que nada, el fracaso de la capacidad de negociar, que las puntas de lanza deben ser siempre la diplomacia, el diálogo paciente y el respeto irrestricto al derecho internacional y sus organismos.
Pero quizás lo más punzante fue su llamado a desarmar el lenguaje. Que la firmeza de los argumentos no se confunda con desprecio, ni la discrepancia con humillación. Las palabras, advirtió, pueden herir, pueden deformar la realidad, tanto como una mentira deliberada. Agregó que una ley no gana grandeza por el solo hecho de ser aprobada, sino cuando puede comparecer ante la dignidad de las personas, sin avergonzarse.
Estas palabras resuenan con particular fuerza en Colombia, donde existe un Estado social de derecho, que no admite ser deslegitimado cada vez que sus órganos de control, sus cortes o sus jueces producen decisiones que incomodan al poder de turno. La libertad de expresión es un pilar, no una concesión. Y la prensa libre no es el enemigo: es una manifestación viva de la democracia, un termómetro que mide la salud de las instituciones cuando los demás instrumentos fallan.
En vísperas de una segunda vuelta para la elección de presidente, las palabras del papa adquieren una dimensión adicional. Se trata de escoger un presidente que gobierne también para las minorías, que no atropelle derechos adquiridos, como tampoco los fundamentales. Además, debe saber, aun antes de ganar, que gobernará para todos: tanto para sus electores como para sus contradictores. Especialmente para quienes han sido históricamente excluidos del reparto del poder y a quienes se les ha menoscabado su dignidad.
Cada votante tiene hoy dos preguntas esenciales, pero decisivas, que hacerse. Primera: ¿Existe en el programa de gobierno del candidato que hoy evalúo alguna propuesta que pueda perjudicarme a mí, a mi familia o a la mayoría de los ciudadanos del país en un futuro? Segunda: ¿Cuál de los dos candidatos tiene mayor capacidad de preservar, en el momento en el que las circunstancias lo exijan, los principios de una democracia activa y legítima?
Las palabras de León XIV, pronunciadas ante el parlamento español, aterrizan con una vigencia que no necesita traducción. Son un espejo. Y los espejos, a veces, resultan más incómodos que cualquier discurso de campaña.
