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Columna

La Colombia del día después

“Quien gobierna tiene el deber irrenunciable de legislar para todos los ciudadanos, ricos y pobres...”.

VIVIAN ELJAIEK JUAN

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Continuando con la reflexión sobre nuestro deber ciudadano en las próximas elecciones presidenciales, es momento de pensar en lo que viene después. En campaña, los líderes políticos prometen un país diferente y próspero, pero, siendo sinceros, eso no ocurre mágicamente.

Al día siguiente del triunfo electoral, nos despertaremos con el mismo país, los mismos vecinos y los mismos desafíos estructurales de siempre: el alto costo de vida, la inseguridad desbordada, el sistema de salud ineficiente, la falta de oportunidades, el desempleo, la corrupción, entre muchos otros.

La verdadera construcción de una nación no depende de un mesías carismático, sino de la cultura ciudadana que forjamos con esfuerzo día tras día. Nuestra obligación es analizar objetivamente lo que ha sucedido en el último cuatrienio, apartándonos de ideologías radicales y favoritismos ciegos que nublan el juicio crítico.

Los hechos crudos nos muestran que votar por la continuidad sería no solo mantenernos en una inercia de resultados mediocres, sino profundizar en la destrucción de la confianza ciudadana. Quien gobierna tiene el deber irrenunciable de legislar para todos los ciudadanos, ricos y pobres, sin promover divisiones ni resentimientos.

Es absurdo pensar que un sistema social se sostiene a largo plazo ocupándose solo de los menos favorecidos y abandonando las políticas que generan progreso en los sectores productivos. Recordemos que son las élites sociales y empresariales quienes pagan los altos impuestos que mantienen a flote el sistema e impulsan las grandes inversiones que el país necesita; asfixiarlas o atacar el tejido empresarial de grandes, medianas y pequeñas empresas, así como los pequeños formales e informales, es paralizar por completo el motor del cambio social y de la superación de la pobreza.

La riqueza primero debe crearse antes de poder ser distribuida. El voto no obrará milagros inmediatos, pero sí define con claridad nuestro rumbo colectivo: nos da la oportunidad de acompañar y construir una Colombia más justa; una donde dé satisfacción real pagar impuestos porque se ven reflejados en cambios estructurales; donde quienes tienen los recursos confíen en las instituciones, inviertan y generen empleo digno; donde los corruptos no puedan seguir metiéndole la mano al bolsillo del Estado con total impunidad, y donde el dinero público se invierta eficientemente en las necesidades básicas de la población y no en ensanchar una burocracia ineficiente.

Por lo que es necesario votar por el proyecto político que con coherencia y honestidad pueda hacer los cambios necesarios para que Colombia sea más prospera y equitativa. La Colombia del día después nos traerá o bien un optimismo renovado y ganas de apostarle al país o, por el contrario, un profundo y peligroso desaliento.

El trágico espejo de Venezuela nos recuerda cómo la pérdida de confianza, el hostigamiento a la libre empresa, el decaimiento de las oportunidades y, peor aún, la pérdida de libertades, destruye una nación; obligando a millones de personas a emigrar para sobrevivir. El futuro no se delega pasivamente en una urna; comienza el día después y depende enteramente de la lucidez y la sensatez de nuestra elección hoy.

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