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Columna

Los moderados y el poder del voto en blanco

“Ambas campañas saben que la victoria se definirá en los márgenes y que deberán moderar discursos, ampliar coaliciones...”.

Yezid Carrillo De La Rosa

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La radiografía electoral que dejaron los resultados de la primera vuelta presidencial revela un escenario de alta fragmentación política. Las candidaturas ubicadas en los extremos concentraron la mayor parte del voto ciudadano, mientras que el centro político sufrió una derrota significativa. Ante esta coyuntura surge una pregunta de cara al balotaje: ¿qué rol jugarán el voto en blanco y los sectores moderados?

Para muchos, el voto en blanco en segunda vuelta constituye un simple “saludo a la bandera” o un mecanismo de tranquilidad moral, dada su ineficacia jurídica para exigir nuevas elecciones. Sin embargo, en escenarios de polarización simétrica como el actual, adquiere una relevancia política que no puede subestimarse, por dos razones.

La primera tiene que ver con la matemática de la escasez electoral. Cuando la diferencia entre los dos finalistas es estrecha, los sectores moderados, los indecisos e, incluso, parte del abstencionismo adquieren capacidad real de inclinar el resultado o de aumentar el margen de legitimidad política del vencedor. La segunda razón tiene que ver con el ejercicio del poder. No es lo mismo gobernar un país polarizado con una victoria amplia, que hacerlo sobre una base estrecha y con una proporción significativa de ciudadanos que expresaron, mediante el voto en blanco, su rechazo frente a ambas alternativas.

De manera que, aunque el centro político haya sido derrotado electoralmente, en la coyuntura actual parece ser relevante. Ambas campañas saben que la victoria se definirá en los márgenes y que deberán moderar discursos, ampliar coaliciones y reducir incertidumbres. La Presidencia se definirá no tanto por la habilidad para movilizar o cohesionar a los convencidos, como por la capacidad de seducir a los moderados.

Para Iván Cepeda, la mesura ya no es una opción estética, sino un imperativo de supervivencia electoral. Más que insistir en caricaturizar a su adversario como una amenaza autoritaria o fascista, necesita ofrecer mayor claridad programática, transmitir previsibilidad institucional, diferenciarse del desgaste del gobierno saliente y generar certeza y confianza en que respetará las reglas del juego y no insistirá en salidas constituyentes o fórmulas que aumenten la incertidumbre constitucional. En política, la confianza también se gobierna.

Para Abelardo De la Espriella el desafío es distinto, pero igual de exigente: demostrar que el discurso de orden y autoridad no derivará en intolerancia política, resquebrajamiento institucional ni restricciones a las libertades civiles; que gobernar no es derrotar al adversario, sino también garantizar los derechos de quienes piensan distinto.

El verdadero ganador no será quien obtenga más votos. Será aquel que logre convencer a los moderados de que todavía es posible ejercer el poder sin convertir la política en una disputa moral entre enemigos. En la tradición republicana y en las democracias liberales –Colombia aún lo es- incluso el voto que no elige presidente puede terminar definiendo los límites dentro de los cuales el nuevo gobierno ejercerá el poder.

*Profesor universitario.

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