Por primera vez en la historia, los ‘nativos digitales’ tienen un coeficiente intelectual promedio más bajo que la generación anterior. No es claro si estos jóvenes son globalmente menos inteligentes, pero sí hay evidencia del ‘efecto Flynn inverso’: el aumento histórico del IQ comenzó a revertirse parcialmente en algunos países.
Más allá de discutir si el IQ realmente mide toda la inteligencia humana, esta noticia obliga a repensar si la tecnología, además de facilitarnos la vida, también nos está haciendo cognitivamente más dependientes.
El cerebro humano evolucionó porque tenía que hacerlo. La supervivencia exigía resolver problemas constantemente para encontrar alimento, memorizar rutas y adaptarse al entorno. En ese contexto, pensar era una necesidad biológica. Hoy, en cambio, gran parte de ese esfuerzo ha desaparecido: los celulares recuerdan por nosotros, los algoritmos deciden por nosotros, y la inteligencia artificial (IA) lee, escribe, piensa y crea por nosotros.
Hay algo profundamente humano en la incomodidad de resolver problemas. La incongruencia entre lo que tenemos y lo que queremos conseguir nos motiva a desarrollar un conjunto de habilidades mentales y emocionales como la paciencia, la concentración y la creatividad. Sin embargo, hoy hay generaciones enteras en dinámicas de gratificación inmediata, donde cualquier duda o tarea se le delega a la IA. Muchos jóvenes “ya no investigan ni escriben realmente; solo preguntan, no se preguntan solo deslizan el dedo, no se aburren”.
Mientras, nuestro cerebro sigue funcionando bajo mecanismos biológicos muy antiguos: buscar placer y evitar displacer. La tecnología del entretenimiento ha aprendido a explotar eso con esfuerzo mínimo y estímulos y recompensas rápidas, aunque en el camino empobrezca procesos fundamentales como la atención, la reflexión o la tolerancia al aburrimiento. Tal vez sean estás nuevas dinámicas de interacción y procesamiento de información las que propician fenómenos de hiperidentificación con tendencias digitales virales que llenan vacíos de tiempo, identidad y propósito.
No es casualidad que países digitalizados como Suecia hayan regresado al papel, los libros físicos y la escritura a mano en las aulas. La IA puede potenciar el aprendizaje, pero también puede reemplazar nuestro pensamiento y dejarnos la efímera sensación de logro de que quienes pensamos y resolvimos fuimos nosotros.
La IA no es, en sí misma, el mayor riesgo. Sí lo es terminar caminando detrás de ella como niños tras el flautista de Hamelin.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos
*Profesora de posgrados, UTB.
