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Columna

Arena movediza

“El lenguaje político se tornó pugnaz. Ideas y propuestas prácticamente desaparecieron…”.

Eduardo García Martínez

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Colombia define mañana su nuevo futuro. Escogerá entre ratificar políticas de cambio social, paz dialogada, Estado fuerte, Acuerdo Nacional transformador, defensa del medioambiente, respeto al pensamiento ajeno, lucha anticorrupción, o inclinarse por un sistema en el que prime la mano dura del Gobierno, adelgazamiento estatal, apoyo preferencial a la empresa privada, impulso al fracking, límites estrictos a la protesta social. Narcotráfico: el candidato De la Espriella propone legalizar 10% del capital mafioso, Cepeda, crear Fiscalía Especializada para combatirlo.

El lenguaje político se tornó pugnaz. Ideas y propuestas prácticamente desaparecieron. La campaña fue turbia en su narrativa directa y cifrada, violenta en sus mensajes simbólicos. Podría recordarse como la que extravió el significado profundo de la política, en una etapa crucial de la vida nacional.

La jerga más virulenta vino de las fuerzas opositoras. La boca de su candidato se convirtió en lanza llamas con amenaza de “destripar” al contrario oficialista y sus seguidores, al considerarlos bandidos, comunistas, aliados de la guerrilla, enemigos de la “patria milagro” que promete hacer realidad y defender a capa y espada, si resulta ganador.

Replicado por simpatizantes a través de redes sociales y medios de comunicación tradicionales, ese argot se consideró peligroso y antidemocrático por analistas independientes. La vertiente cepedista centró su artillería, básicamente, en escudriñar presuntas malas mañas del líder de la palabra dura, para mostrarlo como indecente abogado al servicio de mafias narcoparamilitares, defensor del reconocido testaferro de la dictadura venezolana Alex Saab, fingido demócrata acostumbrado a la triquiñuela, subordinado a lo más perverso del establecimiento ultraderechista nacional y mundial, ignorante del ejercicio del poder público y malabarista de la política tradicional revestido de outsider.

Más allá de esas consideraciones con claros intereses políticos, la campaña de 2026 es antesala de lo que será el país a partir del 7 de agosto próximo. Si nos atenemos al contenido de la terminología expuesta de manera pública, la sociedad colombiana deberá escoger entre dos vertientes diametralmente opuestas e irreconciliables, en medio de un clima político que asusta. Y como en sus peores épocas, buena parte del alma nacional está de nuevo rellena de odio, cizaña, desconsideración e intolerancia. El país parece caminar en un pantano de arenas movedizas que puede tragárselo a su antojo.

Los colombianos, que han sufrido tanta muerte, dolor y maldad a través del tiempo, son responsables ante sí y ante la historia, de escoger la mejor opción. Con su voto definirán no solo quién será el nuevo presidente de Colombia, sino también el país que legarán a sus hijos y a las nuevas generaciones.

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