La ciencia política contemporánea distingue entre dos fenómenos que suelen confundirse: la polarización ideológica y la polarización afectiva. La primera es consustancial a la democracia y expresa los desacuerdos racionales que naturalmente surgen en una sociedad pluralista. La segunda, en cambio, es un fenómeno sociopsicológico que erosiona la democracia: el adversario deja de considerarse alguien errático para convertirse en una amenaza moral que debe descalificarse, excluirse o neutralizarse.
En el libro “Cómo mueren las democracias”, sus autores sostienen que este tipo de polarización es uno de los factores que socavan los consensos básicos de la democracia liberal. El problema no es solo que convierte la política en un juego de suma cero, sino que debilita dos pilares fundamentales de la tradición republicana: la tolerancia mutua —aceptar que el rival tiene igual derecho a gobernar genuinamente— y la autocontención institucional —renunciar a utilizar el poder para eliminar políticamente al contradictor—.
La polarización afectiva es un fenómeno global. En Estados Unidos ha provocado bloqueos institucionales crecientes; en Perú, una inestabilidad presidencial persistente, y en Chile, enormes dificultades para reconstruir consensos constitucionales. Aunque son contextos distintos, todos evidencian que cuando la política se organiza alrededor de la polarización afectiva, la capacidad de gobernar empieza a deteriorarse.

¡Cartageneros, la suerte está echada!
GABRIEL RODRÍGUEZ OSORIOLa segunda vuelta presidencial en Colombia parece reflejar esa transición. Más que una disputa entre proyectos ideológicos, la elección corre el riesgo de convertirse en un plebiscito emocional donde una parte del país votará por miedo y la otra por odio. Lo paradójico es que quien gane probablemente tendrá la suficiente legitimidad electoral para acceder al poder, pero no necesariamente la suficiente capacidad política para garantizar gobernabilidad.
Por eso, el verdadero desafío del próximo presidente no será ganar el balotaje, sino reconstruir las condiciones para gobernar: recomponer los puentes con los sectores moderados, abandonar las agendas de transformación maximalistas, negociar con un Congreso fragmentado, fortalecer el liderazgo territorial y reconstruir la confianza institucional, especialmente con las Altas Cortes.
Sumado a lo anterior, tendrá que construir consensos mínimos con quienes ejerzan la oposición en asuntos esenciales como: las libertades económicas, la progresividad de los derechos sociales, la política de seguridad y el respeto por la separación de poderes y los límites constitucionales.
La experiencia reciente del actual Gobierno parece sugerir que las coaliciones amplias y los acuerdos con los sectores moderados generan mejores condiciones para la gobernabilidad, que las estrategias basadas en la movilización, la retórica populista y la confrontación política permanente.
La polarización afectiva puede ser un activo electoral extraordinario, pero una herramienta muy pobre para gobernar. Moviliza emociones con enorme eficacia, pero destruye las condiciones mínimas para cooperar, negociar y construir consensos. Quien gane mañana descubrirá pronto una lección que las democracias conocen desde hace siglos: dividir al país puede ser una estrategia efectiva para llegar al poder, pero nunca ha sido una fórmula exitosa para ejercerlo y gobernar establemente.
*Profesor universitario.
