Un jurista y amigo, con quien comparto la defensa de la democracia liberal, de las instituciones republicanas y, especialmente, de la Constitución de 1991, me envió, poco después del balotaje, una reflexión de Erich Fromm que me dejó pensando: “El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que muchos compartan errores no los convierte en verdades; y el hecho de que compartan la misma forma de patología mental no los hace personas cuerdas”
Respondí con una pregunta incomoda. Si cerca de la mitad del país votó por Abelardo De La Espriella y la otra mitad por Iván Cepeda: ¿qué ocurre cuando cada bando está convencido de que el otro está compuesto por ciudadanos equivocados, moralmente degradados o políticamente peligrosos? Y rematé con un cuestionamiento inquietante: ¿y si los equivocados somos nosotros?
Estos cuestionamientos me condujeron a una reflexión más amplia. El humanismo moderno desplazó el centro de gravedad desde Dios al ser humano, sustituyendo la autoridad del dogma por la razón y la ciencia. Sin embargo, como ha sugerido Yuval Harari, la secularización no erradicó la búsqueda de sacralidad, de certezas absolutas y la aspiración de encontrar un sentido último y trascendente de la existencia, que durante siglos había proporcionado la religión.
Quizá por eso algunas ideologías y proyectos políticos modernos terminaron adquiriendo rasgos que históricamente pertenecían al ámbito religioso: relatos de salvación colectiva, promesas de redención histórica, figuras casi proféticas y una división moral entre seguidores y apóstatas. Algunos depositaron esa expectativa de emancipación en el Estado; otras, en el mercado. Más recientemente, en el contexto del capitalismo tardío y de la cultura posmoderna, han emergido nuevas formas de sacralización que centran la mirada hacia la identidad, la cultura, el reconocimiento o incluso la naturaleza.
El pluralismo -que es uno de los pilares de la democracia liberal- parte precisamente de la tesis contraria: nadie posee la verdad y el desacuerdo político debe resolverse mediante argumentos, evidencias y consensos institucionales. Cuando una ideología se mitifica: la crítica, los límites y las reglas constitucionales empiezan a verse como obstáculos, y el adversario se transforma en un hereje.
Quizá ha llegado el momento de desacralizar la política colombiana; no para abandonar las causas justas ni renunciar a las convicciones, sino para recordarnos que ninguna elección presidencial constituye un juicio final, ningún líder es un redentor y ninguna ideología merece convertirse en religión.
La democracia griega no se edificó sobre la idea de que alguien poseyera la verdad, sino sobre algo menos pretensioso, pero más exigente: la posibilidad de convivir pacíficamente a pesar de los desacuerdos. Estaban convencidos que la verdad pertenecía al mundo de los dioses, por ello, consideraron que la mayor virtud no era tener siempre la razón, sino conservar la capacidad de admitir que, incluso, sus convicciones más profundas podrían ser equivocadas.

