Cumplida la elección del nuevo Presidente de la República, el panorama político colombiano aparenta ser muy diferente al de hace pocos años, cuando partidos y movimientos tradicionales se alternaban el poder y se distribuían el control absoluto de las entidades del Estado.
Los resultados electorales de la primera y segunda vuelta evidencian la existencia de dos fuerzas antagónicas que aglutinan el respaldo ciudadano: una derecha emergente representada en el presidente electo, Abelardo de La Espriella, y su movimiento Defensores de la Patria, que literalmente acabó con el caudillismo de ese sector ideológico en las últimas dos décadas, y por una izquierda, convertida por primera vez con el Pacto Histórico, en la mayor representación popular en el poder legislativo, pero que a pesar de su crecimiento electoral su candidato, Iván Cepeda, perdió por apretado margen la presidencia. El actual mandatario, Gustavo Petro pasará a liderar la oposición.
Ese reacomodamiento de las estructuras de poder podría generar oportunidades o frustraciones para el país, dependiendo de los tipos de liderazgos que orienten las relaciones políticas, económicas y sociales en un contexto de polarización, exacerbada por una agresiva campaña, que por fin terminó.
Si bien estamos frente a un nuevo panorama determinado por los resultados electorales, sería ilusorio pensar en el inicio de una “nueva era”, teniendo en cuenta que las estructuras políticas tradicionales no han desaparecido; continúan mimetizadas en los bandos de gobierno y oposición; no han cambiado las reglas o costumbres que rigen la división de poderes, y por tanto las opciones de transformación no se resumen en un solo discurso, por vehemente que sea.
Dicho en otras palabras, el Gobierno Nacional no podrá desconocer al Congreso para el trámite de reformas o de soluciones a las grandes problemáticas del país, ni apartarse de las poderosas dinámicas del sistema judicial, que van mucho más allá de su símbolo, representado en la mujer con ojos vendados y una balanza en las manos. Tampoco podrá ignorar el enorme poder ciudadano y de los grupos de presión. El diálogo y la negociación política, serán entonces el camino más expedito para transitar entre la frenética confrontación de la campaña y la concertación entre los sectores involucrados en el ejercicio del poder.
En el orden regional el panorama electoral podría ser impactado parcialmente como consecuencia de la reciente elección presidencial; aunque las tradicionales casas políticas retomarán la conducción de sus feudos, sus dirigentes son expertos en ceder estratégicamente espacios que les representarán beneficios. Así las cosas sería predecible la aparición de figuras del abelardismo como candidatos a alcaldías, gobernaciones, concejos y asambleas, con opciones de triunfo; pero también de líderes de izquierda que intentarán capitalizar el gran poder electoral ratificado en varias regiones del país el pasado 21 de junio.
Con los ánimos más decantados después de la contienda, corresponde a triunfadores y derrotados asumir plenamente las responsabilidades de sus respectivos roles y encontrar fórmulas de entendimiento que superen las agresiones mutuas, para seguir construyendo juntos al país, en democracia.
