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Columna

El diente de Patrice Lumumba

El deporte no solo sirve para gritar goles; también sirve para abrir atlas, desempolvar enciclopedias y descubrir que detrás de cada camiseta hay una lengua, una herida, una música, una memoria.

Guillermo de la Hoz Carbonó

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El fútbol tiene esa virtud secreta: nos sienta noventa minutos frente a un balón, pero también nos abre el mapa del mundo. Mientras muchos miran solo el marcador, yo tengo la mala costumbre de preguntar: ¿usted sabe dónde queda Uzbekistán?, ¿cuál es la capital de Ghana?, ¿qué historia conoce de la República Democrática del Congo?

Por eso debo ser un aficionado fastidioso. Pero creo que la cultura general también juega. El deporte no solo sirve para gritar goles; también sirve para abrir atlas, desempolvar enciclopedias y descubrir que detrás de cada camiseta hay una lengua, una herida, una música, una memoria.

A Patrice Lumumba llegué por ese camino. No fue accidente, sino curiosidad cultivada. En mis años de bachillerato, cuando buscaba una beca para estudiar y el mundo parecía más grande que mis bolsillos, oí hablar de la Universidad de la Amistad de los Pueblos Patrice Lumumba, en Moscú. Entonces consulté el viejo “tumba burro”, como le dicen en México al pequeño Larousse, y el nombre me llevó al Congo.

Después vendrían Conrad y El corazón de las tinieblas; vendría también La vorágine, con su caucho, sus ríos y sus infiernos. Uno entiende entonces que el mundo no siempre ha sido cielo, sino muchas veces una plantación inmensa donde unos pocos se enriquecieron con el dolor de millones.

Lumumba fue hijo de esa historia. Autodidacta, poeta, orador formidable, nacido en un país convertido primero en finca privada de Leopoldo II y luego en colonia belga. El Congo fue exprimido por el caucho, los minerales y la codicia. Las estimaciones históricas hablan de una catástrofe humana gigantesca durante el Estado Libre del Congo, asociada al régimen de trabajo forzado y a la violencia colonial.

En 1958, Lumumba viajó a Accra, capital de Ghana, y allí respiró el aire del panafricanismo, en una década en que África empezaba a romper cadenas coloniales. Luego ganó fuerza política, participó en las discusiones por la independencia y, cuando el Congo nació como Estado independiente el 30 de junio de 1960, pronunció ante el rey Balduino un discurso que todavía arde: recordó las humillaciones, los golpes, los despojos y la dignidad de un pueblo que no quería cambiar de amo, sino ser libre.

Esa fue su sentencia. En plena Guerra Fría, un africano joven, negro, nacionalista y dueño de la palabra resultaba demasiado peligroso. Lo tumbaron, lo apresaron, lo entregaron, lo asesinaron el 17 de enero de 1961 y luego intentaron borrar su cuerpo con ácido. Pero la historia tiene una ironía terrible: de Lumumba quisieron desaparecerlo todo y terminó quedando un diente. Un solo diente convertido en prueba, reliquia y acusación moral contra el colonialismo. Bélgica lo devolvió a su familia en 2022, sesenta y un años después del crimen.

Por eso, cuando en este Mundial aparece un hincha congoleño vestido como Lumumba, quieto como estatua durante noventa minutos, no estamos ante una simple ocurrencia de tribuna. Estamos ante una memoria viva. El fútbol, por un instante, deja de ser solo fútbol y se vuelve aula, archivo, novela, cementerio y tambor.

Y aquí entra nuestro Caribe. Porque el Congo no nos queda tan lejos como creemos. Buena parte de los africanos esclavizados que llegaron por Cartagena provenían de África centro-occidental, especialmente de Angola y zonas vinculadas al antiguo mundo congolés. Esa memoria viajó en cadenas, pero sobrevivió en los cuerpos, en los ritmos, en las palabras y en las danzas.

No es gratuito que en el Carnaval de Barranquilla exista la Danza del Congo, ni que el Congo de Oro sea el máximo galardón de esa fiesta. Tampoco es casual que la champeta cartagenera haya dialogado con la rumba congoleña, el soukous y otros sonidos africanos, hasta encontrar en Abelardo Carbonó, (q.e.p.d), cienaguero de guitarra luminosa, a uno de sus pioneros más singulares.

Por eso Lumumba también nos mira desde el Caribe. Nos mira desde Cartagena, desde Palenque, desde Barranquilla, desde Ciénaga, desde cada tambor que aprendió a recordar aunque le prohibieran la memoria.

El Mundial pasará. Pasarán Alemania, Paraguay, Ghana, Colombia y los gritos de cada día. Pero algunos nombres quedan. Lumumba queda. Y queda su diente, pequeño como una semilla, duro como una verdad, suficiente para morderle la conciencia al imperio.

Gracias al fútbol por prestarnos la excusa. Gracias a balón por llevarnos otra vez de la cancha a la biblioteca, del estadio al mapa, del gol a la historia.

*Abogado-Economista y profesor universitario.

@elgraznido

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