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Columna

La carrera de la Reina Roja

“La innovación seguirá diferenciando a unas organizaciones de otras; la infraestructura solo les permitirá permanecer en la carrera, porque en el mundo de la Reina Roja, quedarse quieto nunca ha sido una opción”.

Andrés Marrugo Hernández

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Hay escenas literarias que perduran porque terminan explicando épocas enteras. Una de ellas ocurre en ‘A través del espejo’, de Lewis Carroll. Alicia corre desesperadamente junto a la Reina Roja y, cuando se detiene para recuperar el aliento, descubre que sigue justo donde empezó. “Aquí, como ves -le dice la Reina-, hay que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio”. Quizá ninguna otra imagen ilustre mejor el dilema actual de las organizaciones.

Durante décadas creímos que la tecnología nos permitiría correr menos. Cada avance tecnológico prometía hacer más por menos dinero. Parecía una carrera con premio al final, pero algo cambió. Hoy las organizaciones descubren que cada año invierten más en infraestructura tecnológica, conectividad, almacenamiento, licencias y ciberseguridad, no para ofrecer algo extraordinario, sino para conservar una experiencia que todos consideramos normal.

Esa normalidad es inflacionaria, no porque los precios suban, sino porque las expectativas nunca dejan de hacerlo. Lo que ayer era un estándar de excelencia, hoy es un requerimiento mínimo. Ninguna organización compite ya contra su propio pasado; compite contra la mejor experiencia que el usuario tuvo ayer, sin importar de dónde provenga. Una universidad ya no es evaluada únicamente frente a otras universidades. También es comparada, consciente o inconscientemente, con la experiencia que ofrecen Netflix, Google o Amazon. El estándar del usuario ya no es sectorial, sino universal. Eso explica por qué hoy un estudiante espera que Moodle funcione igual de bien que Spotify.

Lo paradójico es que esa normalidad nunca había sido tan costosa. Durante décadas nos acostumbramos a que cada dólar comprara más capacidad de cómputo, más almacenamiento y más velocidad. Hoy ocurre lo contrario. La infraestructura digital dejó de crecer al ritmo de la demanda. El auge de la inteligencia artificial está absorbiendo capacidad en centros de datos, energía y redes; los servicios en la nube aumentan de precio y la ciberseguridad exige inversiones permanentes.

No hay motivos para lamentar esta situación. La inversión en infraestructura tecnológica ya no es opcional; es el costo de pertenecer a un mundo que elevó sus expectativas. La carrera de la Reina Roja no termina con la próxima innovación, sino cuando dejamos de elevar el estándar de aquello que hoy damos por sentado. Eso difícilmente ocurrirá.

La innovación seguirá diferenciando a unas organizaciones de otras; la infraestructura solo les permitirá permanecer en la carrera, porque en el mundo de la Reina Roja, quedarse quieto nunca ha sido una opción.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Vicerrector académico, UTB.

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