Suena el himno y, sin que nadie diga nada, las manos suben al pecho al mismo tiempo y aunque nadie comentó ese protocolo, ni lo enseñó en una circular, ahí está un gesto que ningún colombiano necesita que le expliquen. Esa es la pregunta que deberíamos hacernos a quienes trabajamos en cultura organizacional: ¿qué tiene un pedazo de tela, o un logo, o un gesto, para mover a las personas y que ni siquiera pasa por la razón?
La respuesta tiene nombre técnico, pero realmente es profundamente humana. La cultura -de un país o de una empresa- es un sistema de significados compartidos: ideologías, valores, mitos, historias, creencias, hábitos y símbolos que se han ido consolidando con el tiempo hasta convertirse en la base común sobre el que una comunidad o empresa piensa, siente y actúa. La cultura es el colectivo movido por el mismo significado.
El antropólogo Víctor Turner comenta que los símbolos y rituales cumplen tres funciones que ningún manual organizacional podría movilizar: logra unificar los valores morales de un grupo. Polarizan porque trazan una línea entre el ‘nosotros’ y el ‘ellos’. Unifican porque en un solo objeto -una bandera, un logo, un carnet- cabe una historia o valores compartidos, cuando dos personas se reconocen en el mismo símbolo, algo en ellas se sincroniza sin necesidad de palabras.
En las empresas, este idioma silencioso se habla todos los días: en los colores corporativos, en los himnos, en las ceremonias de reconocimiento, en las insignias que un colaborador se gana con años de servicio. No es decoración, es “gestionar significados”, es clave usar esos patrones simbólicos para construir imágenes colectivas, reencuadrar la realidad social y movilizar personas que se sienten cohesionadas alrededor de un sentido común. Se dice que las organizaciones de alto desempeño, las que logran compromisos de verdad, son precisamente las que han sabido construir símbolos fuertes de unidad e identidad.
Y es fácil ver cómo quienes comparten el mismo símbolo terminan pensando parecido, creyendo lo mismo, porque como dice el experto en cultura Édgar Schein, la base de la cultura -y del ser humano- son sus creencias, y el símbolo es el vehículo más eficiente para transportarlas de una mente a otra. Y también es una clave del marketing, pues detrás de cada valla publicitaria, hay una fuerza mucho más antigua y poderosa operando -la cultura, con su asombrosa capacidad de cohesionar, polarizar o movilizar colectivos enteros-.
Es interesante descubrir que la consultora Korn Ferry encontró que dos tercios de los ejecutivos de las compañías más admiradas del mundo, atribuyen más del 30% del valor de mercado de su empresa a la cultura, un intangible que aumenta o desvaloriza la empresa, entonces esto es serio.
Por lo que es clave que las empresas seamos más intencionadas en fortalecer la cultura como un activo, pues la cultura no se impone: se ritualiza, se hereda y, si se gestiona con la seriedad que merece, se convierte en la fuerza más duradera que puede tener cualquier organización o cualquier nación.
