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Columna

Talento y esfuerzo

“La frase de James nos obliga a preguntarnos qué tipo de futbolistas queremos formar y qué entendemos realmente por excelencia, porque en el fútbol moderno, el talento ya no alcanza para competir contra quienes han convertido la exigencia en una forma de vida”.

Javier Ramos Zambrano

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“¿Voy al Tour de Francia o qué? Soy jugador de fútbol”. La frase es de James Rodríguez y volvió a hacerse viral tras la eliminación de Colombia del Mundial 2026. En un documental sobre su carrera, recuerda su paso por el Bayern Múnich y cómo cuestionaba los 30 minutos de bicicleta que el técnico Niko Kovač les exigía al final de cada entrenamiento.

Casi al mismo tiempo, otro video recorría las redes sociales. En él aparece Erling Haaland subiéndose a una bicicleta estática para seguir trabajando sin excusas.

No sería serio explicar una eliminación mundialista a partir de una frase de James ni convertir un video de Haaland en la receta del éxito. El fútbol es mucho más complejo que eso. Pero el contraste entre ambas escenas sí invita a reflexionar sobre la manera en que se entiende el alto rendimiento.

En Colombia, el talento nunca ha faltado. Hemos producido algunos de los jugadores más técnicos y creativos del continente. Lo que parece seguir faltando es una cultura que entienda que el talento solo abre la puerta; el trabajo cotidiano es el que permite cruzarla.

Es cierto que llegar con ritmo de competencia no garantiza levantar la Copa del Mundo, pero llegar sin él hace mucho más difícil conseguirlo. La preparación física y la disciplina no eliminan la incertidumbre del deporte; simplemente ponen al equipo en mejores condiciones para responder cuando aparecen los momentos decisivos.

Y la mentalidad también juega. No se trata únicamente de correr más kilómetros o de levantar más peso en el gimnasio. Se trata de la disposición para aceptar la exigencia permanente, de la capacidad para competir bajo presión, de la convicción para seguir creyendo cuando el marcador es adverso y de la humildad para entender que siempre hay algo más por mejorar.

Los grandes equipos comparten esa característica, porque rara vez renuncian al partido. Su confianza no nace de la improvisación, sino de horas de entrenamiento y de una cultura que convierte la excelencia en un hábito.

Colombia dejó cosas positivas en este Mundial. Hay una generación joven con condiciones para competir durante muchos años. También hay jugadores consolidados en las mejores ligas del mundo. El problema, entonces, no parece ser la falta de talento. Tal vez debamos dejar de pensar que el talento nos hará competir con las grandes potencias y empezar a construir una cultura donde la exigencia no se negocie; donde el prestigio no garantice la titularidad; donde el presente pese más que el pasado y donde el esfuerzo adicional deje de verse como una exageración.

La frase de James nos obliga a preguntarnos qué tipo de futbolistas queremos formar y qué entendemos realmente por excelencia, porque en el fútbol moderno, el talento sigue siendo indispensable, pero ya no alcanza para competir contra quienes han convertido la exigencia en una forma de vida.

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