“Dice el necio en su interior: ‘No hay Dios’. Están corrompidos, pervertidos, no hay quien haga el bien. Se asoma Dios desde el cielo y observa a los seres humanos por ver si hay uno sensato, alguien que busque a Dios” (Salmo 53, 2-3).
Ha venido a mi pensamiento este lamento del salmista al pensar en lo que viene sucediendo entre nosotros. Porque si las realidades son caóticas y las situaciones complejas, entonces se necesita dejar de ser necios negando la acción de Dios, quien por su Espíritu nos hace capaces de ser constructores de bien, para que, al asomarse desde el cielo, encuentre que hay, no solo uno, sino un pueblo, sensato.
Genial metáfora la del salmista cuando las situaciones personales, familiares y sociales piden cordura, serenidad, confianza, la altura propia de quienes decimos creer en Dios y poner la confianza en su presencia generadora de bondad y armonía; porque corrompidos y pervertidos no podemos obrar el bien que queremos y sí empecinarnos en el mal que no queremos. Ese es el gran dilema de los seres humanos y en este momento del país, la afirmación de la fe en Dios, en su mirada expectante al ponerla sobre nosotros, puede ser la urgencia sin dilaciones de ser capaces de incrustar la sensatez en el corazón de la conciencia y en todo nuestro ser.
Las posiciones antagónicas no pueden degenerar en paroxismos de negación y rechazos, intrigas y resquemores que incitan a la división y la imposibilidad de reconciliación y perdón. Aumentar cada día más la rivalidad y agudizar las divergencias acudiendo a las mentiras consentidas, no puede ser conducta de quienes estamos llamados a realizar la condición de imágenes de un Dios comunión, en quien la diversidad se realiza en la armonía de los divinos tres, intercomunicación que realiza la unidad y derrota de toda consideración de la diversidad como contienda.
Si hay Dios, entonces tenemos que ser de los que se acercan los unos a los otros desarrollando la posibilidad de andar juntos a la escucha, discerniendo lo que es prioridad para el bien común, el respeto a los derechos de los hermanos y hermanas como seres humanos y la preferencia sin par por los pobres y excluidos. Llamado a la sensatez que profetizó el papa Francisco y que con valentía sigue proclamando el papa León. Fieles a la profética súplica del salmista, para que Dios, al asomarme por las ciudades, veredas, campos, carreteras y salones del confort y el derroche de un país maltratado, pueda verificar que aún es posible la sensatez.
Si hay Dios, entonces los que decimos creer en Él no podemos darnos el lujo de ser de los que atizan el fuego de las contiendas y disfrutan el placer de pescar en río revuelto, desde el lado o la orilla que sea; porque hemos comprendido que, lo de Dios es vida, justicia, solidaridad, verdad y paz.
