Columna

El tiempo que no volverá

“Messi juega porque competir hace parte de su esencia. Corre, piensa, asiste, ordena y lucha como si el talento necesitara todavía del sacrificio para sentirse completo″.

César Angulo Arrieta

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Hay momentos en la vida en los que uno, sin saber por qué, presiente que está viendo algo que no volverá a repetirse. A mí me ocurrió en 2004, cuando apareció un muchacho menudito y pequeñito con el dorsal del número 30 en la espalda del Barcelona. Después vistió el 19 y, finalmente, heredó la camiseta número 10, la misma que había llevado su héroe, maestro y amigo Ronaldinho, hasta convertirla en un símbolo universal. Ese día pensé que ese zurdo iba a hacer historia. Lo que jamás imaginé fue la dimensión de esa historia.

Mi ídolo había sido Maradona. El futbolista, porque el hombre pertenece a otro debate. Y, siendo sincero, nunca creí que alguien pudiera siquiera acercarse a lo que Diego había significado para este deporte. Me equivoqué. La vida, que siempre tiene la última palabra, me permitió ver y disfrutar a Lionel Messi.

Con Messi viví alegrías inmensas y también dolores que parecían propios. En mi casa todavía recuerdan aquellas discusiones de los domingos cuando Gina, mi esposa, insistía en que debíamos ir a la misa del mediodía. Yo respondía, casi con culpa, que no podía porque jugaba Messi. Ella, con esa mezcla de paciencia y resignación que solo tienen las buenas esposas, me lanzaba la pregunta definitiva: “¿Cuál de las dos ‘M’ prefieres: misa o Messi?”. Y yo, sonriendo, respondía: “Messi... A misa voy a las siete de la noche”.

También soporté durante años las bromas pesadas y sin cuartel de los amigos antimessistas. Cada derrota de Argentina era una oportunidad para recordarme que mi ídolo no aparecía en los momentos decisivos. Confieso que esas burlas me dolían más de lo razonable. Más de una vez pensé: “Dios mío, ¿por qué le pasa esto a Lío?”. Porque uno termina queriendo a esos deportistas que representan mucho más que un resultado.

Pero el tiempo, ese juez implacable, terminó haciendo justicia. Llegó la Copa América, llegó el Mundial de 2022 y, ahora, viéndolo con 39 años ir a disputar la final del Mundial de 2026 produce una admiración distinta. Ya no juega para demostrarle nada a nadie. Juega porque competir hace parte de su esencia. Corre, piensa, asiste, ordena y lucha como si el talento necesitara todavía del sacrificio para sentirse completo.

Messi terminó enseñándonos que el verdadero éxito no es el aplauso, sino la perseverancia; que el talento sin constancia es apenas una promesa; y que el fútbol argentino, ese que mezcla técnica con rebeldía, inteligencia con sacrificio, nunca ha sido un fútbol de pasarela, sino de resistencia, como la vida misma.

Como corolario, solo me queda darle gracias a la vida. Gracias por haberme permitido contemplar durante más de veinte años al futbolista más extraordinario que han visto mis ojos, porque cuando pasen las décadas y alguien pregunte si vi jugar a Lionel Messi, podré responder con nostalgia que fui testigo de un milagro irrepetible.

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