¿Cuál es el uso que hago de mi alma en este momento? Esto es lo que uno debe preguntarse continuamente y lo que es preciso examinar. ¿Qué ocurre ahora en esta parte de mi ser que le sirve de guía? ¿De quién y cómo es el alma que tengo? ¿Acaso es de un niño, de un joven, de una mujercilla, de un tirano, de un animal desprovisto de razón, de una criatura salvaje? Marco Aurelio, Meditaciones, 5.11.
Cada generación cree vivir los tiempos más complicados. Así aconteció durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Así ocurrió también en Colombia con la entronización de la época de La Violencia, a partir de 1948 y en los años siguientes al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.
Hoy, para no pocos ciudadanos, la incertidumbre galopa y está a la vista. El presidente electo, Abelardo de la Espriella, anunció una reestructuración de la Presidencia que comenzará el 7 de agosto: eliminación de 229 cargos y varias consejerías, con el objeto de reducir la burocracia y generar un ahorro cercano a los 10.000 millones de pesos anuales. Desaparecerán la Consejería para la Reconciliación Nacional y la de Derechos Humanos y DIH, y el Alto Comisionado para la Paz será reemplazado por un Comisionado Nacional de Seguridad. “No habrá más procesos de falsa paz en mi gobierno”, afirmó.

El “relevo de la guardia” en la derecha colombiana
JORGE MÁRQUEZ FACIOLINCELo anterior causa cierta preocupación. ¿Qué pasará con esos 229 cargos, que se concretan en personas de carne y hueso? ¿Y con sus familias? Y esto, sin dejar de pensar en una sociedad global mercantilista donde las empresas reducen sus plantas de personal y los jóvenes encuentran cada vez menos oportunidades laborales.
El estoicismo, filosofía nacida hace más de dos mil años con Zenón de Citio, Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, adquiere hoy una pasmosa actualidad, porque no somos dueños de lo que nos sucede —la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo—, pero sí somos dueños, enteramente, de la postura que asumimos frente a ello. Un breve manual para practicarlo: aceptar lo que no se puede cambiar; concentrarse solo en lo que está bajo nuestro control; practicar la gratitud a diario; entrenar la resiliencia en las nimiedades; evitar reaccionar impulsivamente ante las emociones.
Marco Aurelio, en sus Meditaciones, se pregunta continuamente por el uso que hace de su alma en cada instante, y de qué naturaleza es esa alma que habita en él —si es la de un niño, la de un tirano o la de una criatura salvaje. Son preguntas que interpelan: ¿Con qué causas estamos comprometidos? ¿Qué hacemos, día a día, para realizar nuestros proyectos? Pero sobre todo: ¿por qué lo hacemos? Bucear en ellas es dar el primer paso para no degradarnos en esas criaturas salvajes que menciona el emperador filósofo, y acercarnos a objetivos altruistas y filantrópicos.
Y esto tampoco significa resignación. El estoico trabaja, estudia, emprende nuevas empresas; pero también tiene el derecho de protestar pacíficamente cuando es necesario, buscando transformar la realidad. La gran diferencia con los derrotistas es que el estoico no permite que las circunstancias menoscaben su espíritu de lucha: comprenden que perder un empleo puede ser una tragedia económica, pero prescindir de la dignidad, la esperanza o la capacidad de actuar, sería una derrota mucho más profunda.
Quizás sea esta una de las principales lecciones para nuestros tiempos: cuando la incertidumbre se convierte en norma, la resiliencia deja de ser una cualidad excepcional y se convierte en obligación moral. En un mundo donde casi nada parece ya seguro, las mayores riquezas siguen siendo una mente serena, un carácter firme y un espíritu de lucha intransigible.
