Hace un par de semanas estuve unos días en la Costa invitado a diversas actividades académicas. Una noche salí a caminar con un amigo. Hacer un poco de ejercicio para compensar demasiadas comidas y cenas copiosas.
Charlar distendidamente. Disfrutar de unas calles habitualmente atestadas de carros y de personas, ahora vacías y recorridas sólo por la brisa nocturna. Disfruté enormemente del paseo. Por supuesto, por la buena compañía y la amena conversación, pero para qué negarlo, especialmente por la belleza de la noche Caribe. Las palmeras y los ficus agitados por el suave viento caliente. El silbido del aire deslizándose sobre las blancas fachadas de cristal y cemento de las delgadas torres de apartamentos. El calor que te hace sudar en la oscuridad sólo rota por los faros de un coche que gira allá a lo lejos.
Una señorita camina junto a nosotros. Hermoso vestido. Maquillaje suave. Pelo recogido. Nos sonríe educada al caminar a nuestro lado. Un segundo. Dos y ya pasó. Tres y sé que me acordaré de este momento. Me giro. La veo entrar en la elegante recepción del edificio en el que vive. Desvío la mirada. Sopló súbitamente la brisa. Sentí las finas palmas de aquella palmera tratando de llamar mi atención. Respiro profunda y lentamente y me pregunto si será eso la felicidad. Un breve momento de belleza tan sutil, tan leve, que cuando quieres aprehenderlo ya ha volado lejos de tus manos. Le propongo a mi amigo sentarnos en una terraza a tomar una soda.
Charlamos de nuestros amores frustrados. Reímos ante los muchos ridículos sufridos y los escasos éxitos obtenidos. Más joven que yo, mi número de errores supera en mucho al suyo. Una pareja de ancianos se acerca caminando. Él pide dos bebidas. Se sientan en un banco de piedra cercano. Ella nos mira entre curiosa e indiferente. Pasan dos muchachas en bicicleta. Un suspiro. Ya se fueron.
Continuamos nuestro paseo y no soy capaz de apartar la vista de las cumbres de las picas iluminadas en las que viven tantas familias. ¿Se amarán en este momento? ¿Vivirán indiferentes a la belleza que les rodea? La vida transcurre sin que apenas nos demos cuenta y, cuando al final lo hacemos, es para saber que ya no está, que ya se fue, y que sólo nos quedan los recuerdos. Aquella noche en que caminé envuelto por la brisa nocturna del Caribe, ya no es más que un recuerdo. Otro más. Un instante de paz entre tantas frustraciones, tantas tristezas, tantas pasiones humanas que se llevó la brisa.
*Universidad Autónoma de Barcelona.

