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Columna

La Troncal de Occidente: el nuevo buzón de peticiones

“Tampoco es aceptable que la inacción estatal termine castigando a ciudadanos que nada tienen que ver con el problema y que dependen de esas vías para trabajar, estudiar o acceder a servicios esenciales”.

Jhorland Ayala García

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¿En qué momento nos acostumbramos a que la forma más efectiva de ser escuchados es bloquear una carretera? Los acontecimientos de los últimos meses en Bolívar parecen confirmar una realidad cada vez más evidente: las instituciones suelen reaccionar con mayor rapidez cuando una comunidad interrumpe la normalidad, que cuando utiliza los canales institucionales del Estado.

Un caso reciente ocurrió en San Jacinto (Bolívar). A comienzos de julio, sus habitantes bloquearon la Troncal de Occidente para exigir una solución a la crisis de agua potable del municipio. Denunciaban más de diez días sin servicio y una problemática que se arrastraba desde hacía meses. La protesta se prolongó durante varios días y obligó a que las autoridades aceleraran conversaciones frente a una situación que no era nueva ni desconocida.

Semanas antes, en El Carmen de Bolívar, otro bloqueo había vuelto a paralizar la misma vía. Como suele ocurrir, el conflicto pasó a ocupar un lugar prioritario en la agenda pública solo cuando la movilidad quedó afectada.

Y estos no han sido los únicos casos. Durante 2026 también se han registrado protestas y bloqueos en distintos puntos de la Troncal de Occidente asociados a reclamaciones por servicios públicos y necesidades insatisfechas. La constante es la misma: comunidades que sienten que las vías institucionales avanzan lentamente y terminan recurriendo a la presión sobre las carreteras para lograr atención.

Sin embargo, tampoco es aceptable que la inacción estatal termine castigando a ciudadanos que nada tienen que ver con el problema y que dependen de esas vías para trabajar, estudiar o acceder a servicios esenciales. Además, la obstrucción de vías públicas constituye una conducta sancionada por la ley. El fracaso de las instituciones no debería obligar a escoger entre el derecho a reclamar y el derecho de los demás a movilizarse libremente.

Frente a esta realidad existen dos explicaciones posibles. La primera es la incompetencia de la clase dirigente. Bajo esta hipótesis, las autoridades sí tienen capacidad de respuesta, pero simplemente no actúan hasta que el problema adquiere un costo político o mediático suficiente.

La segunda es que los recursos públicos son insuficientes para tantas necesidades. En este caso, los gobernantes se ven obligados a priorizar y terminan concentrando esfuerzos en los problemas que generan mayor presión ciudadana.

Cualquiera que sea la razón, lo verdaderamente grave es el mensaje que se transmite. Cada bloqueo exitoso se convierte en una lección para la siguiente comunidad. Cuando una población observa que después de cerrar una vía llegan funcionarios, mesas de trabajo, compromisos y cronogramas, concluye que ese es el camino más eficaz para hacerse escuchar.

No se trata simplemente de juzgar a los habitantes de San Jacinto, de El Carmen o de cualquier otro municipio que reclame derechos básicos. Sería injusto exigir resignación a quienes pasan días sin agua o años esperando soluciones. El problema es que hemos construido un sistema donde las vías de hecho parecen producir más resultados que el funcionamiento normal de las instituciones.

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