Hay una edad en la que la vida deja de ser un ensayo y empieza la función principal: son los 62 años. De repente todo llega junto, como si los acontecimientos se hubieran puesto de acuerdo para armar un grupo de WhatsApp.
Llega la pensión, las bodas de las hijas y las primeras intervenciones médicas con nombres que solo le pasaban a otros; empezamos a oír hablar de cateterismos y de cardiólogos en vez de nombres de cantantes.
No es que nos sintamos viejos; lo que ocurre es que, por primera vez, entiendes que la vida hay que tomarla como la jáquima de un caballo brioso: templada, para guiarlo unos minutos más.

¿Por qué necesitamos la democracia?
Yezid Carrillo De La RosaEs cuando hacemos un inventario de la vida y, curiosamente, no recordamos cuánto ganamos en un negocio ni otras materialidades. Lo que vuelven son las carcajadas de los amigos, los viernes interminables con una botella de vino, un habano compartido y esas conversaciones que empezaban arreglando el país y terminaban resolviendo el universo.
En el centro de esos recuerdos está la familia.
Hay uno que nunca dejará de dolerme, por no poder viajar en el tiempo y cambiarlo. Siendo un ‘pelao’, mi papá me invitó a matiné, pero yo estaba en un ‘endunde’ con los amigos para ir a la playa, y le respondí que mejor fuéramos por la noche. La reunión se alargó y nunca fuimos.
Tiempo después le pedí disculpas y él, sin resentimiento y con sabiduría me respondió con una frase tatuada en mi alma:
- “Mijo, ojalá yo hubiera tenido un papá que me invitara a cine”.
Mi padre había quedado huérfano a los cuatro años. Nunca necesité otra lección para entender que la familia ocupa el primer puesto en la tabla de posiciones de la vida.
Estos días he descubierto que el humor espanta los sustos. Tengo un amigo que me debe unos pesitos, y aprovechando que este sábado me harán un cateterismo, lo llamé y le dije:
- “Papo, págame, porque si me da un tucutucu, te agarro los pies mientras duermas”. Se rio. Yo también. Aunque, por si acaso, sigo esperando la transferencia.
Cuando lean esta columna hoy sábado, estaré en una sala de hemodinamia mientras un grupo de magníficos médicos hacen su trabajo; yo, por mi parte, habré hecho el mío: ponerme en manos de Dios y bajo el manto protector de la Virgen del Carmen.
No les voy a negar el cosquilleo a lo desconocido, pero tampoco voy a negar otra certeza más grande: la vida ha sido demasiado generosa conmigo. Aun siendo diabético insulinodependiente desde joven, enfrento este momento con miedo y gratitud.
He amado y he sido amado: tengo una familia maravillosa que es mi orgullo, amigos que hacen de mi existencia una fiesta y recuerdos para llenar varias vidas.
Así que no pienso despedirme todavía. Si Dios quiere, escribiré en agosto, quedan vinos por destapar, amigos por abrazar y, sobre todo, muchas historias por contar.
D.V. (Deo Volente-Dios mediante)
