La noticia me cayó como una piedra en la cabeza. No la esperaba. Entre otras cosas, porque Carlos Mouthon me había mandado una foto reciente en la que se veía algo ausente, pero bien en términos generales. Llamé a Charly y le pregunté por Fernando, a quien tenía mucho tiempo de no ver. Me dijo que le visitó en su casa, charló con él y, salvo una que otra confusión en la conversación, se mostraba coherente y fuerte. ¿Por qué entonces este desenlace infausto? Sea cual sea la razón, la muerte de un amigo entrañable siempre produce dolor y perplejidad.
Fernando Marimón Perea, Carlos Mouthon y yo fuimos inseparables en un período determinante de nuestras vidas. Los tres ejercíamos el periodismo con pasión, nos zambullíamos en una bohemia sin misterios y edificamos una amistad soportada en la admiración mutua, la confianza, la empatía y el respeto por la independencia de cada quién. Fernando quiso significar una noche donde la legendaria Chepa, que volábamos muy alto. Dijo entonces que Carlos era un Concorde, él un helicóptero y yo un Avro. Así nos identificamos entre nosotros por largo tiempo. “Avro, toma pista que ya el Concorde está en vuelo”, me decía Fernando cuando quería que nos viéramos sin pérdida de tiempo.
Fernando fue un periodista notable. En la radio cartagenera brilló con luz propia y gracias a ella Caracol lo llevó a Bogotá y Villavicencio. En su ausencia, Mouthon lo reemplazó en esta ciudad. Era apasionado y las críticas lo tenían sin cuidado. Decía que era el mejor, el número uno. Que la sintonía en el Noticiero Mundial que creó y dirigió por años, era una manta. Como a Mouthon, se le reconocía su trabajo sin descanso. En cierta ocasión gané un premio periodístico nacional de turismo, y con Carlos y Fernando lo festejamos en las cabañas del Hotel Caribe. “Este premio no es tuyo, es de nosotros tres”, dijo para mostrar su regocijo y cercanía. Era 1986.
La vida de Fernando comenzó a cambiar con la muerte de su hijo Fernando Jr, en 1999. Estudiaba periodismo en Barranquilla y un accidente automotor le trajo la mala hora. El dolor se le metió como un bicho ponzoñoso en su alma y desde entonces cargaba una pena insalvable a donde fuera. Su ingenio permanente, su risa franca, su espontaneidad se fueron atenuando. El helicóptero ya no volaba como antes, su radio de acción se redujo y sus luces comenzaron a apagarse. Carlos me transmitió hoy la triste noticia: “Murió Fernando”.
