Esta semana Daniel Ortega, quien llegó al poder mediante elecciones democráticas en el 2007 y, posteriormente, desmanteló progresivamente las garantías del sistema político nicaragüense, anunció que ya no habría nuevas elecciones. No es un hecho aislado. Es un libreto conocido en América Latina: líderes que ascienden al poder invocando la libertad, la igualdad o la justicia social y que, una vez instalados en este, terminan debilitando las instituciones democráticas para perpetuarse en el gobierno.
Ante estas amenazas -actualmente encarnada por proyectos con pretensiones hegemónicas tanto de izquierda como de derecha- la pregunta decisiva para el ciudadano latinoamericano quizá ya no sea qué es la democracia, sino por qué la necesitamos. ¿Qué justifica su existencia frente a cualquier otra forma de organización política? La respuesta se encuentra, paradójicamente, en nuestra propia condición humana. Por eso, antes de indagar cómo gobernar una sociedad, conviene preguntarnos quiénes somos.
Imaginemos, por un instante, un mundo habitado por seres infalibles. Personas con un conocimiento absoluto de la historia, del bien común y de la justicia, gobernadas por un líder inmune a las pasiones, los prejuicios y los intereses particulares. En ese mundo perfecto, la democracia sería un instrumento innecesario y el poder absoluto no constituiría un peligro, sino una bendición.
Pero no vivimos en el Olimpo. La democracia existe precisamente porque somos falibles. Lejos de ser un sistema pensado para ángeles, la democracia liberal de tradición republicana, constituye el mecanismo institucional más sofisticado que la humanidad ha creado para gobernar a seres libres, inteligentes y creativos, pero inevitablemente imperfectos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para impedir que nos equivoquemos, sino, precisamente, para evitar que el error de un solo hombre se convierta en el error de todos.
El liberalismo político, el republicanismo y el constitucionalismo parten de ese mismo presupuesto. No son teorías aisladas, sino respuestas a una evidencia histórica: los seres humanos, incluso cuando actuamos con las mejores intenciones, podemos equivocarnos. Por eso, si no queremos que nuestra vida sea -como advertía Hobbes- “solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve”, necesitamos instituciones capaces de hacer tres cosas: proteger la libertad, limitar el poder y corregir nuestros propios errores.
Karl Popper, en su libro: ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, interpretó mejor que nadie esta idea cuando sugirió que la democracia no existe para garantizar gobiernos perfectos, existe porque permite “corregir pacíficamente” a los gobernantes imperfectos. Su legitimidad no reposa en la posibilidad de hallar una verdad moral o política definitiva, sino en la posibilidad permanente de revisarla, criticarla y rectificarla.
En estos tiempos en que las ideologías se transforman en religiones seculares, los líderes se presentan como infalibles y muchos ciudadanos renuncian al juicio crítico para creerles ciegamente, conviene recordarnos por qué necesitamos la democracia: no porque haga imposible el error, sino porque impide que el error de un solo hombre se convierta en la tragedia de toda una nación.
*Profesor Universitario.

