La elección de la presidencia del Senado dejó una de las imágenes más desconcertantes de la política colombiana reciente: el Pacto Histórico y el Centro Democrático, dos movimientos que durante años han construido su identidad enfrentándose mutuamente, terminaron coincidiendo en una decisión determinante, elegir el nuevo Presidente del Senado. No es el acuerdo lo que merece cuestionamientos. En democracia, dialogar y construir mayorías es una virtud. Lo preocupante es que quienes han hecho de la confrontación su principal bandera parezcan dejar de lado sus diferencias cuando las circunstancias políticas así lo exigen, sin ofrecer al país una explicación clara.
Durante años, los extremos han alimentado una narrativa de buenos contra malos. Han convencido a millones de colombianos de que el adversario representa un peligro para el país, mientras convierten la polarización en su principal estrategia electoral. Sin embargo, cuando llega el momento de tomar decisiones de poder, esas fronteras ideológicas parecen desaparecer con una facilidad que termina debilitando la confianza ciudadana.
El problema no es que existan acuerdos. El problema es la incoherencia. Colombia necesita dirigentes capaces de defender principios, incluso cuando hacerlo implique asumir costos políticos. Lo que no puede seguir ocurriendo es que las convicciones cambien según la conveniencia del momento y que el discurso sirva únicamente para conquistar votos.
Quizá por eso el país atraviesa una profunda crisis de representación. Cada vez más ciudadanos sienten que no tienen por quién votar, porque encuentran los mismos comportamientos en orillas ideológicas opuestas. Los extremos terminan pareciéndose más de lo que están dispuestos a reconocer: ambos viven de la confrontación y ambos sacrifican la coherencia cuando el cálculo político así lo demanda.
Es momento de construir nuevos liderazgos. Líderes que entiendan que la política no puede seguir siendo una competencia por acumular poder y riquezas, sino un instrumento para resolver los problemas de la gente. Personas cuya credibilidad nazca de la coherencia entre lo que dicen y lo que hacen, y han hecho en sus vidas, y no de la capacidad para alimentar el odio o la división.
Colombia necesita una nueva generación de dirigentes, menos preocupados por las próximas elecciones y más comprometidos con las próximas generaciones. Líderes capaces de dialogar sin renunciar a sus principios, de construir consensos sin traicionar sus valores y de demostrar que la política puede volver a ser un ejercicio de servicio público.
El verdadero cambio que necesita Colombia no consiste en reemplazar un extremo por otro. Consiste en recuperar la coherencia como el principal atributo del liderazgo. Solo cuando las ideas pesen más que las conveniencias, y los principios más que las alianzas circunstanciales, comenzaremos a reconstruir la confianza entre los ciudadanos y quienes aspiran a representarlos.
