El duelo es el proceso natural mediante el cual una persona -o una comunidad- integra una pérdida a su vida. Es un fenómeno psicológico de gran contenido emocional: un intento de adaptación a la ausencia de un ser querido, de un símbolo afectivo o de un preciado bien material. Los duelos se procesan, y comprenden varias etapas: la negación; el duelo propiamente dicho; la rabia y la culpa, ambas irracionales; hasta lograr la resignación, momento en que la persona en duelo expulsa los malos recuerdos asociados al difunto, fijando en su memoria solo los buenos momentos de la relación. El duelo se ha elaborado cuando podemos recordar a la persona fallecida sin dolor, con la satisfacción que deja haber compartido con ella.
En Colombia, la derrota electoral para algunos y la eliminación del Mundial para otros dejaron al descubierto una herida profunda, la incapacidad colectiva para perder sin convertir la pérdida en resentimiento. Esto nos habla de la madurez del perdedor. Dos golpes recientes -para un sector del país, la pérdida de las elecciones presidenciales; y para los aficionados, la no clasificación a los cuartos de final del Mundial de Fútbol- han producido un duelo colectivo que algunos líderes políticos no han sabido manejar con dignidad. Si observamos detenidamente, se trata del mismo sector que convirtió la pérdida de las elecciones del General Gustavo Rojas Pinilla en un grupo terrorista que todavía nos deja un reguero de sangre y lágrimas.
Perder unas elecciones es parte del juego democrático, y en todo juego se gana o se pierde. Sin embargo, lo que hemos visto es otra cosa: un duelo mal llevado, marcado por la negación, la rabia, el resentimiento y la búsqueda de culpables. Estos dirigentes han convertido la frustración en narrativa. En lugar de ayudar a procesar la pérdida, la amplifican. En vez de invitar a la reflexión, alimentan la sensación de agravio. Así, el duelo político se convierte en un estado permanente imposible de procesar, matizado por el odio que alimenta la discordia y aleja la paz.
Un país que no sabe perder, mucho menos sabe convivir. Y un dirigente que no sabe perder, tampoco sabe gobernar. El duelo mal gestionado se transforma en ruido, sospecha y desconfianza absoluta.
El fútbol es otro espejo emocional. La eliminación en el Mundial no es solo un fracaso deportivo: es la pérdida de un ritual de unión nacional. El país se queda sin esa alegría compartida que, por un mes, nos hizo sentir parte de algo más grande; pero, a diferencia de la política, el fútbol tiene una virtud: nos obliga a aceptar la realidad. En el deporte, perder duele, pero se asume. No hay negación posible. No hay culpables imaginarios. Solo queda aprender y prepararse para la próxima vez.

