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Columna

Agosto entre catéteres

“El camino más importante, el que uno nunca quisiera extraviar, siempre conduce al hogar, a la familia y a los amigos que transforman la vida en fiesta y en recuerdos”.

César Angulo Arrieta

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Hay un adagio que dice que las segundas partes no son buenas. Aun así, después del artículo anterior muchos amigos quedaron pendientes y me animaron a seguir contando la historia. Por ellos, nacen estas líneas, de algunos momentos que quedaron subrayados.

El sábado llegué temprano a la clínica para el cateterismo y, después de las instrucciones, inició el cuestionario que acompaña a todos los pacientes: si había alergias, si tomábamos medicamentos, si habían practicado cirugías anteriores. Respondí que solo dos veces: un lipoma y, más tarde, una circuncisión en la pubertad. La anestesia fue local, imagínense donde, recordando haber visto casi todo el procedimiento reflejado en un reloj metálico detrás de mi cabeza.

Mientras el médico hacía su trabajo, las enfermeras comentaban una novela que estaba de moda: ‘La mala hierba’, del ‘Cacique’ Miranda. Decían, entre risas cómplices, que al cacique se le había “caído” una avioneta cargada de “marimba” y que andaba furioso. Aquellos comentarios sonaban como una banda sonora inesperada para aquella escena quirúrgica, sin imaginar que, décadas después, el escenario de luces y bisturí volvería a presentarse.

Volví al presente, 2026. Me puse la inevitable batica de tela, esa que nunca termina de “encajar” para sentirse bien vestido, con una mezcla de pudor y resignación me senté en la silla de ruedas. Ya canalizado, emprendí el viaje hacia la sala de hemodinamia. Al entrar, la impresión fue haber llegado al set de ‘Viaje a las estrellas’: una pantalla gigante, monitores por todas partes y una constelación de luces verdes y rojas iluminando el lugar. Solo que, en vez del capitán Kirk y Spock, había cardiólogos hemodinamistas, y un equipo profesional irradiando una serenidad contagiosa.

Comenzaron por la muñeca derecha. No se sentía absolutamente nada; solo se escuchaba al médico decir:

- Tome aire..., sosténgalo.

La imaginación hacía lo suyo y dibujaba una guaya de bicicleta recorriendo lentamente las arterias. Después decidieron entrar también por la ingle. Ahí sí, la anestesia cumplió su cometido y solo quedó dejar que la ciencia se encargara del resto.

El despertar fue en cuidados intermedios, acompañado por el pitido constante de los monitores, parecido al canto de las chicharras, casi desaparecido de nuestro entorno urbano. Por encima de esos sonidos quedaba la presencia discreta de Gina, sentada al lado de la cama, vigilando horas, silencios y despertares. Allí se hizo más clara una realidad que pocas veces pensamos: casi siempre son mujeres quienes acompañan a los enfermos. Esposas, madres, hermanas, hijas. Los hombres queremos mucho, pero pocas veces sabemos cuidar con la delicadeza con que ellas lo hacen. Definitivamente, ellas están hechas de un material distinto.

Cuando finalmente llegó el regreso a casa, quedó una certeza adicional: el cielo no siempre puede estar arriba. A veces tiene forma de sala, de cocina, de cama conocida y de voces que esperan. Y se reafirmó algo que ya se había intuido aquella vez del tucutucu: el camino más importante, el que uno nunca quisiera extraviar, siempre conduce al hogar, a la familia y a los amigos que transforman la vida en fiesta y en recuerdos.

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