El sol de las tres de la tarde entibiaba el agua transparente que dejaba ver las caracuchas, y pequeños peces multicolores que se movían de un lado a otro buscando alimento en las bailantes y jóvenes praderas marinas. Íbamos al mar todos los días. Andábamos descalzos por la arena de la playa, mirando siempre hacia el lugar distante en donde el cielo y el mar se entrelazaban. -Es el horizonte-, decía mi abuelo, cuando me quedaba ensimismado viendo aquel abrazo interminable.
Nos sentábamos bajo la sombra de un cocotero gigante cargado de frutos, y ahí adormecíamos mientras llegaba la hora más esperada: era cuando el sol abandonaba su luz con esplendor de fuego, y la mariamulata sobrevolaba las aguas robando color a la noche para vestir su ropaje de plumas. Ese espectáculo maravilloso me llenaba de regocijo. Se clavaba en mi memoria como un ritual y me hacía volver cada tarde para disfrutarlo como una golosina insuperable. Abuelo no hacía otra cosa que complacerme. Yo sabía que él también era feliz viendo mi felicidad.
Me gustaba caminar por encima de las rocas de los espolones para ver de cerca las jaibas jugueteando sin descanso, y a los cangrejos azules y robustos huyendo hacia sus huecos cerca de los manglares, escapando de un enemigo inexistente. -No hay como un arroz de cangrejo al mediodía- decía abuelo relamiéndose los labios. Entonces entendía por qué aquellos seres provistos de tenazas amenazantes huían de nuestra presencia con solo mirarlos.
Cuando la brisa estaba fuerte me estremecía como a un muñeco de trapo, y en ocasiones me tumbaba sobre la arena sin que pudiera defenderme. Cierta vez caí cerca de donde se encontraba un negro largo y huesudo, durmiendo debajo de las ramas cargadas de unos uvitos de playa. Le dije al abuelo que el hombre debía estar disfrutando de una merecida siesta después de un suculento sancocho de sábalo. -A veces las apariencias engañan- respondió. Es posible que su sueño sea, en verdad, una siestecita de hambre.
El mar es como un imán para mí. La primera vez que lo vi estaba en brazos de mamá. Ella me llevaba a la playa, me embardunaba de arena mojada y poco a poco me iba llevando hacia las olas que llegaban mansas a la orilla. El viejo Rafa, un gran amigo de abuelo, me bautizó el “hombre arena”. Yo le pedía que cubriera todo mi cuerpo de arena gruesa y solo dejara por fuera el rostro, para seguir viendo el mar. A veces pienso que soy un tiburón.

