En las ultimas semanas se ha producido una serie de eventos asociados con nuestras manifestaciones culturales, que parece que no hubiéramos tenido tiempo para decantarlas, pensarlas y prever el desarrollo de ellas. Noticias que suponen impactos y desarrollos posteriores que se están dejando un poco al azar o a la acción del mercado o de quienes pueden tomar decisiones, no siempre en función de lo que dichos eventos pueden representar. Esas decisiones vienen del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, de la Alcaldía Mayor de la ciudad, del Concejo Distrital, como especialmente de declaraciones todavía marginales o anuncios de funcionarios designados o de asesores nombrados por el nuevo Gobierno Nacional. Todo ello debería ser de un amplio debate, de argumentaciones, de consensos, acuerdos y en especial de deliberaciones públicas, pues lo que esta en medio de esto lleva implícito aspectos como la identidad, el reconocimiento, la memoria, los valores y símbolos de una ciudad que a lo largo de décadas ha ido construyendo, desde las danzas, la música, los vestidos y disfraces, los relatos, el encuentro y la diversión, sus formas de ser, sentir y asociarse, una población que ha ido construyendo sus propios mundos de representaciones, imaginarios y formas de sentirse y trascender como seres sociales.
Todo lo que son nuestras fiestas religiosas, desde la Candelaria, Semana Santa, Virgen del Carmen, la Inmaculada Concepción, como de las celebraciones patrióticas, son la expresión de un pueblo que aún se perpetúa en sus imaginarios, en su fe y en sus convicciones y podrían ser una poderosa herramienta para fortalecer la participación popular, para ampliar lo público, enriquecer las relaciones de vecindarios, los oficios locales y el sentido de pertenencia, estimular el uso y apropiación de lo público, desde las plazas, parques, calles, escenarios comunitarios, incluyendo la bahía como ese gran espacio que nos debe unir, no distanciar.
Las decisiones que se van a tomar en los próximos días pueden propiciar dos grandes escenarios: pueden impulsar la mercantilización de nuestras manifestaciones, alterar los símbolos al convertirlos en productos de mercado, acelerar la pérdida de identidad y sentido de pertenencia, privatizar espacios públicos, precarizar más la economía popular al fortalecer el rebusque, incrementar la inseguridad, incentivar una apropiación más desigual de los beneficios y ganancias, diluir la autenticidad de lo nuestro al buscar que nuestras prácticas agraden al turista y reforzar la gentrificación, turistificación y desplazamiento de la población local. La otra dimensión es totalmente la opuesta. Es una decisión que lleva implícito el cómo nos veremos en unos pocos años, en qué podrá subsistir y perpetuarse o definitivamente, qué perderemos. Esto bien merece una amplia y profunda reflexión.
