El primer día de clases, un profesor universitario les hizo una pregunta sencilla a sus estudiantes (estaban cada uno frente a un computador): “¿Por qué escogieron esta carrera?”.
Uno por uno fueron respondiendo. Algunos hablaron de sus padres; otros, de un sueño que tenían desde niños. Hubo quien contó una experiencia personal y quien, con cierta timidez, admitió que todavía no sabía exactamente por qué estaba allí, pero quería descubrirlo.
Al profesor le gustaron las respuestas. Pero, terminó la clase, los estudiantes salieron y él fue a apagar uno de los computadores que quedó encendido. Entre las ventanas abiertas encontró ChatGPT con el prompt: “El profesor me pregunta por qué escogí estudiar Ingeniería Electrónica. Dime qué debo decir”.
El profesor, quien acababa de escuchar respuestas que creyó personales, ahora se preguntaba, ¿cuánto de aquello había salido realmente de sus estudiantes?
Ahí está uno de los grandes desafíos que la inteligencia artificial plantea hoy a la educación. No se limita al fraude en un examen o tarea, también nos obliga a preguntarnos qué estamos comprobando cuando evaluamos.
La discusión volvió a aparecer con el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México, que debió repetirse presencialmente para miles de aspirantes después de detectar irregularidades en la prueba virtual. En Colombia, la Universidad de Antioquia también detectó 40 casos de fraude tecnológico en su examen para especializaciones médico-quirúrgicas.
Pero el problema comienza antes de llegar a la universidad. Niños y adolescentes ya utilizan IA para resolver tareas, escribir textos, preparar exposiciones o responder cuestionarios. La respuesta no puede ser prohibirla como si nada hubiera cambiado.
No basta con saber qué respuesta entregó un estudiante, sino cómo llegó a ella, si puede defenderla, cuestionarla, explicarla y aplicarla cuando las condiciones cambian.
Por eso me preocupa que se sigan enviando a casa ensayos que luego se califican sin conversar con quien los escribió. No propongo acabar con ellos, pero ese texto debe ser el comienzo de una conversación para que el estudiante explique sus decisiones, defienda sus argumentos y reconozca sus errores.
El colegio y la universidad tendrán que recuperar algo que ninguna IA puede hacer por nosotros: mirarnos, escucharnos y conversar.
Hay que combinar escritura con discusión, proyectos con preguntas inesperadas y trabajos en casa con momentos en los que el estudiante demuestre que comprende aquello que entregó.
Más que preguntarnos ¿quién hizo la tarea?, debemos cuestionarnos ¿a quién estamos educando?
La IA no está acabando con la educación, sin embargo, nos obliga a preguntarnos qué vale realmente la pena aprender y qué capacidades humanas seguimos necesitando desarrollar y demostrar.
Y esa discusión ya no puede esperar.
*Director del Programa de Comunicación Social, en la Escuela de Transformación Digital de la UTB.

