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Columna

Un solo corazón

“Nuestra fortaleza más profunda no está en creer que podemos controlarlo todo, sino en saber en quién hemos puesto nuestra confianza”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

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Estamos todos conmovidos por el terremoto que afectó tantas regiones de Colombia y por otros que recientemente han golpeado distintas regiones del mundo. Son muchas las personas, familias y organizaciones afectadas. Ante estas dolorosas realidades, quisiera detenerme en tres reflexiones: somos frágiles, necesitamos vivir preparados y la solidaridad, cuando nace del amor, saca lo mejor de nosotros.

Comienzo por esta última. Produce emoción ver que, en medio del sufrimiento, muchos reaccionan como un solo corazón y una sola alma, uniendo oración y acción. Rescatistas, voluntarios, sacerdotes, personal sanitario, autoridades y ciudadanos aportan desde sus posibilidades, y también la Santa Sede y países hermanos ofrecen su ayuda.

Ante situaciones así, todos podemos preguntarnos: ¿qué puedo aportar? Pero no basta preguntarlo: hay que actuar. Y quizá estos acontecimientos puedan ayudarnos también a mirar con mayor sensibilidad a quienes, sin haber sufrido un terremoto, viven diariamente situaciones de pobreza, enfermedad, soledad o vulnerabilidad ante las que podemos volvernos indiferentes.

La Palabra de Dios también nos ofrece luz para vivir estos momentos. Jesús advierte que habrá guerras, hambre, epidemias y terremotos, y nos dice: “No os alarméis” (Mt 24,6-7). No es una invitación a la indiferencia, sino a vivir sin miedo y con la mirada puesta en Dios. Más adelante añade: “Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (Mt 24,44).

La fragilidad forma parte de nuestra condición humana. Frente a ella, los creyentes estamos invitados no a vivir angustiados, sino conscientes de lo verdaderamente importante. La pregunta es inevitable: si Dios me llamara hoy, ¿estaría preparado para encontrarme con Él? ¿Qué puedo cambiar desde ahora para vivir siempre preparado?

Estar preparados no significa vivir pensando en todo momento en la muerte, sino aprender a vivir plenamente: unidos a Dios, amando y procurando mantener nuestra vida en orden. Revisemos si necesitamos reconciliarnos con alguien, ordenar asuntos pendientes y vivir en paz con Dios y con los demás.

Nuestra fortaleza más profunda no está en creer que podemos controlarlo todo, sino en saber en quién hemos puesto nuestra confianza. La fragilidad puede recordarnos que la vida es un regalo, que no tenemos asegurado el mañana y que el mejor modo de prepararnos para la eternidad es amar bien en el presente.

Que estos momentos difíciles nos ayuden a vivir conscientes de nuestra fragilidad, preparados para el encuentro con Dios y atentos al dolor de los demás. Sigamos unidos en oración y acción, como un solo corazón y una sola alma.

*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.

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