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Columna

Cuando nuestro techo está firme, pero el de otros se cae

“Detrás de cada desastre hay mucho más que cifras: hay nombres, hay rostros, hay familias, hay historias, y hay brazos…”.

José William Porras

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Hay frases que uno lee y simplemente pasan frente a los ojos; pero hay otras que se quedan dentro, porque de alguna manera logran expresar aquello que muchas veces sentimos y no sabemos cómo decir.

Hace unos días encontré una de esas frases: ¿Cómo no voy a llorar, si, aunque mi techo esté firme, afuera hay un cielo que se le cae a pedazos a otros?”

Me hizo pensar: vivimos en una sociedad en la que, muchas veces, aprendemos a preocuparnos únicamente por aquello que ocurre dentro de nuestro propio techo. Si tenemos una casa segura, alimento en la mesa, una familia a nuestro lado y un poco de tranquilidad, sentimos que tenemos razones suficientes para agradecer y seguir adelante. Y, por supuesto, debemos agradecer.

Pero quizá la verdadera condición humana comienza cuando somos capaces de mirar más allá de nuestro propio bienestar.

Porque mientras nosotros dormimos bajo un techo firme, en algún lugar alguien puede estar buscando entre los escombros aquello que hasta ayer llamaba hogar. Mientras nosotros abrazamos a nuestros hijos, alguien puede estar buscando unos brazos que ya no están. Mientras celebramos una buena noticia, otra persona puede estar recibiendo la peor noticia de su vida. ¿Cómo permanecer completamente indiferentes ante eso?

No se trata de sentir culpa por estar bien. Tampoco de renunciar a la alegría porque otros sufren. La vida no puede detenerse cada vez que aparece una tragedia. Tenemos derecho a celebrar, a sonreír, a agradecer y a disfrutar de aquello que hemos construido.

Pero hay una diferencia enorme entre ser feliz y ser indiferente.

La felicidad puede convivir con la solidaridad. La gratitud puede convivir con la compasión. Incluso, la alegría puede tener un espacio en nuestro corazón mientras, al mismo tiempo, sentimos dolor por quienes atraviesan una tragedia.

Quizá eso sea parte de lo que significa ser humano: entender que el dolor de los demás no nos pertenece directamente, pero tampoco debería resultarnos completamente ajeno.

Cuando alguien pierde su casa, no pierde solamente paredes y un techo. Pierde recuerdos, fotografías, objetos que tenían una historia, la cama donde dormía, la mesa alrededor de la cual se reunía la familia, y algunas veces pierde algo todavía más irreparable: a quienes amaba.

Por eso, detrás de cada desastre hay mucho más que cifras: hay nombres, hay rostros, hay familias, hay historias, y hay brazos vacíos buscando abrazos que ya no podrán regresar.

Vivimos en un mundo que nos transmite las tragedias en segundos. Una pantalla nos muestra una casa destruida, una familia llorando, una calle convertida en escombros. Después pasamos a la siguiente noticia y continuamos con nuestra vida.

Tal vez el desafío consiste precisamente en no permitir que esa rapidez nos vuelva insensibles. No podemos solucionar todos los problemas del mundo. No podemos reconstruir cada casa ni devolver cada vida; pero sí podemos conservar algo que ninguna tragedia debería arrebatarnos: la capacidad de sentir el dolor ajeno.

A veces será una ayuda material; otras veces será una palabra, una oración, un abrazo, una donación o simplemente la decisión de no mirar hacia otro lado.

Porque quizá nuestro techo esté firme hoy, pero nadie sabe qué traerá mañana el viento.

Y cuando llegue ese día, también nosotros necesitaremos que alguien mire hacia nuestro lado.

Por eso, mientras tengamos un techo que nos proteja, no olvidemos mirar al cielo.

Y si vemos que para otros se está cayendo a pedazos, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para ayudar a sostenerlo.

Porque al final, la grandeza de una sociedad no se mide solamente por la cantidad de personas que viven bien, sino también por la manera en que trata a quienes, por alguna circunstancia de la vida, lo han perdido casi todo.

Y quizá esa sea una de las formas más profundas de entender la humanidad: que aunque nuestro techo esté firme, nunca dejemos de sentir cuando el de otro se cae.

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